Hay gente que cae bien y gente que hace falta. Germán Vargas Lleras pertenecía más a la segunda categoría. Con su partida se va una forma de entender la política que hoy parece extinta: directa, exigente, sin adornos. Alguien que creía que el Estado tenía que funcionar, que los resultados debían verse y que la mediocridad en el poder no podía volverse costumbre. Podía ser duro. Incómodo. Difícil. Pero detrás de eso había una convicción sencilla: gobernar es resolver, no basta con diagnosticar ni explicar por qué no se pudo. Gobernar es ejecutar.
Y tal vez ahí estuvo también su gran dificultad. Le tocó vivir una época en la que la política cambió, donde las redes transformaron el examen: ya no era quién sabía gobernar, sino quién sabía gustar. El político ya no compite solo por su hoja de vida o sus resultados. Compite por atención y likes. Y él, que muchos creían que debía llegar al poder casi por decreto, nunca terminó de ganar ese otro concurso. Tenía pasión, conocimiento y carácter. Tres cosas que no dan popularidad, pero sí sirven para gobernar bien.
Colombia hoy está en vilo. No es exageración: es un diagnóstico honesto. La seguridad se deteriora, la economía no despega y la salud está en cuidados intensivos. Y hay quienes, en vez de resolver, proponen una constituyente. Ese es el contexto en el que Colombia se acerca a una elección definitiva. Hoy lo que Vargas Lleras representó pesa más que nunca.
Hacer política actualmente es casi imposible: al líder se le exige ser firme, pero amable; tomar decisiones duras, pero caer bien; presionar y ordenar, sin incomodar demasiado. Porque gobernar exige carácter, pero ganar votos exige gustar. Y esa es precisamente la contradicción que Colombia necesita resolver hoy. Este país no necesita un presidente que solo emocione auditorios; necesita también uno obsesionado con los resultados. Uno que entienda que la seguridad no mejora con relatos, que la economía no crece con frases bonitas, que esta campaña no puede ser solo un concurso de popularidad. Colombia necesita a alguien capaz de manejar esa contradicción sin romperse. Porque los países no se arreglan con líderes agradables. Se arreglan con líderes capaces.
El mejor homenaje que le podemos hacerle es reconocerlo por lo que fue: un gran estadista. Alguien que entendió que gobernar no es una actuación, sino un oficio. Por eso lo que este momento político le exige al próximo presidente es exactamente eso: un hombre de hierro que también le caiga bien a la gente. Con mano firme para ejecutar y cercanía para conectar. Que no le huya a las decisiones difíciles, que no se doblegue ante el aplauso fácil y que entienda que los problemas se resuelven, no se administran. Eso es lo que Vargas Lleras nos enseñó: que la mano de hierro no es un defecto. Es lo que a veces necesita un país para volver a ponerse de pie.
@MiguelVergaraC








