Hoy la realidad es contundente: la mayoría del país está cansada. Cansada de la improvisación, de la retórica ideológica, de las promesas incumplidas y de los pactos a puerta cerrada. Ese sentimiento lo capitalizan “Los Nunca”: los que nunca se sintieron representados, los que nunca tuvieron voz… hasta ahora.
Colombia no necesita más propaganda disfrazada de cifras. Necesita una política agrofinanciera seria, transparente y enfocada en resultados reales. Porque hoy, detrás del discurso de inclusión, lo que existe es un sistema que excluye, debilita y pone en riesgo el futuro del campo colombiano.
Representa el agotamiento de una clase dirigente que perdió conexión con el país real. Es un ‘outsider’ informado, visible y deliberadamente incómodo para quienes durante décadas administraron el poder como si Colombia fuera un club privado.
El segundo hecho fue un golpe directo a las rentas de los ganaderos, un sector estigmatizado por el gobierno. El Ministerio anunció la restricción de las exportaciones de ganado en pie menor de dos años, con el argumento de contener el aumento del precio de la carne bovina en el mercado interno. Se trata de una medida técnicamente desatinada.
La declaración, lejos de ser una simple toma de posición electoral, es una radiografía cruda del momento político que vive el país.
Colombia entra así en una coyuntura decisiva, donde el voto ya no responde a etiquetas ideológicas sino a una demanda profunda de autoridad moral, eficacia institucional y extrema coherencia política. Esto no es solo una elección; es la expresión de una inconformidad acumulada, y el clima político sugiere una ventaja clara de Abelardo De La Espriella que podría resolverse desde la primera vuelta.
Por estar distraídos con la política, la SAC desprotegió a los agricultores frente a los atropellos del gobierno.
Tal vez viene a recordarnos algo más real, más cercano, más nuestro: que después de cualquier noche —por larga que sea— siempre amanece. Y qué nosotros, tú, yo, todos…tenemos derecho, y casi el deber, de intentarlo de nuevo.
El 2026 marca un punto de quiebre. Se perfila un escenario distinto, donde la gente parece inclinarse por una figura ajena a las viejas élites y a sus acuerdos repetidos, pero capaz de enfrentar sin vacilaciones los hábitos y vicios que han concentrado el poder en unos pocos. Es un año que podría abrir, por fin, el tiempo de los Nunca.
El gobierno no solo falló: jugó con el sueño más sagrado del campesino —la propiedad— y los convirtió en un espejismo administrativo. Prometió soberanía y dejó incertidumbre. Prometió justicia y dejó una estafa política de proporciones históricas.