Colombia enfrenta la peor tragedia aérea de toda la historia de sus Fuerzas Militares. Es incuestionable que la magnitud del accidente del avión Hércules C-130, que el pasado lunes se precipitó a tierra en el Putumayo causando la muerte de 69 héroes de la patria y dejando a otros 57 heridos, exigía del Estado —y en particular del presidente Gustavo Petro, su comandante en jefe— prudencia, rigor y respeto por las víctimas y sus destrozadas familias.

Sin embargo, desde su reacción inicial —colmada de datos erráticos— hasta su posterior verbosidad explicativa, vía su megáfono personal en X, revelan una preocupante urgencia por trasladarles responsabilidades a otros, incluso antes de que se conozcan las conclusiones técnicas. En lugar de liderar una respuesta institucional basada en la información oficial, el mandatario se ha dedicado a ofrecer versiones de su propia cosecha, anticipar hipótesis, señalar culpables y apelar a su consabido método de espejo retrovisor como coartada. Esa prisa por endilgarles culpas a terceros —incluido el gobierno de su antecesor, Iván Duque— no solo resulta ligera, también evidencia resistencia a la autocrítica que su dignidad le exige.

El asunto no debe reducirse a decir que Petro es Petro. En cualquier democracia, el jefe de Estado está llamado a ser el primero en asumir responsabilidades políticas, más aún cuando existen dudas razonables sobre el adecuado mantenimiento de la flota aérea y la gestión de recursos en defensa. Eludir ese debate e insistir en especulaciones irresponsables sobre las causas del siniestro, como que el avión era “viejo”, “chatarra” o no estaba en condiciones de aeronavegabilidad, sin aportar una sola prueba concluyente, sabotea el esclarecimiento de la verdad, introduce confusión y erosiona la confianza en la institucionalidad castrense.

La tozuda actitud del mandatario al desestimar la versión de su comandante de la Fuerza Aeroespacial sobre la vida útil de la aeronave siniestrada desorienta a la opinión pública y compromete la autoridad del mando ante la tropa. En vez de reconocer que la adecuación de aviones y helicópteros de la fuerza pública es un serio problema, Petro se atrinchera, genera escándalo mediático e intenta hacerle creer al país que su administración no ha tenido control de la situación estos últimos casi 4 años para garantizar operaciones seguras.

Más grave aún es el impacto de su infundado discurso sobre las familias de las víctimas. En medio de su descomunal duelo, lo que esperan del Estado son respuestas claras, verificadas y respetuosas. No un cúmulo de versiones sin sustento que, lejos de honrar la memoria de quienes fallecieron, acabaron por trivializar la tragedia y politizar la investigación en curso.

En contraste con los juicios apresurados de Petro, el ministro de Defensa, Pedro Sánchez, y la cúpula militar han optado por la mesura, a la espera del veredicto investigativo. Esa es la conducta correcta frente a una tragedia nacional que, además, ratificó la precariedad de los servicios de salud en la ruralidad. Si no hubiera sido por la providencial intervención de los moradores de Puerto Leguízamo, que rescataron y atendieron a los militares heridos ante la ausencia de Estado en esa zona, muchas más familias estarían hoy llorando sus pérdidas.

En el fondo, el problema no es la crítica, sino su uso oportunista. Y en ese sentido, preocupa e indigna la narrativa política elegida por Petro que se rehúsa a entender que toda gestión pública es, en esencia, evaluable. Convertir el dolor en una herramienta de confrontación cuando conviene y desactivarlo cuando incomoda revela una relación instrumental con la verdad. Politizar el sufrimiento para evadir responsabilidades contamina el debate público e irrespeta a las víctimas que acaban subordinadas a la reconstrucción interesada del hecho.

Este doloroso acontecimiento, que solo en el Caribe ha golpeado a al menos 20 hogares, en particular en Córdoba, nos exige reflexión y autocrítica, no evasivas; demanda liderazgo, no interpretaciones con sesgo político convertidas en argumentos de desgaste del contrario. Lo mínimo es estar a la altura del dolor colectivo, en vez instrumentalizarlo de forma ruin. Paz en la tumba de los héroes de la patria y consuelo a sus familias y compañeros de fuerza.