En los momentos de oración me siento amado y bendecido por Dios. Por eso, me gusta encontrar esos instantes de silencio, de diálogo susurrado, de preguntas incómodas, de caricias sanadoras que tengo con Él. Siento que soy mejor ser humano después de vivir esos momentos, no por mis habilidades y capacidades, sino por su misericordia que me restaura y me impulsa. Me da paz saberme amado sin reproches, sin imposiciones, sin expectativas invasivas. Me motiva entender que su ayuda generosa y abundante no está circunscrita a mi fidelidad, sino a su amor. Si dependiera de mi fidelidad, seguro serían muchos los momentos en los que no me ayudaría, pero como su provisión se funda en su amor, y ese no cambia, siempre está ahí para mí.
No significa que no haya momentos en los que no quiero orar. No solo es que tengo mucho trabajo y muchas cosas se roban mi atención constantemente, sino que a veces estoy desolado, vacío, sin ganas de encontrarme con Él ni escucharlo. Pero en esos momentos es cuando más saco un momento para ir a su presencia, porque sé que es cuando más lo necesito. Cuando llego a su morada, que es el universo entero, y lo encuentro amoroso, atento y expresivo, no digo nada, me quedo callado, pero Él siempre logra leer los latidos de mi corazón, los miedos que recorren mi mente, las angustias que me hacen temblar, las decepciones que me rompen por dentro, las tristezas que me arropan. Y las lee para responderme, para sanarme, para fortalecerme o simplemente para estar ahí en silencio a mi lado.
Me río cuando algunas personas desde sus mentes rígidas me acusan de haberle dado la espalda a Dios por un día decidir no ejercer más el presbiterado. Porque ellas no saben que no podría dejarlo nunca y que ahora, cuando los años van pasando y las fuerzas son menos, lo siento más dentro de mí confirmando mis batallas y mis opciones. Me río porque sé que algunos no entienden que Dios no nos ama por las funciones, los oficios que hacemos, sino por lo que somos. Al fin y al cabo, creemos que Él nos creó. Qué susto que algunos crean que a los ordenados los quiere más que a los otros; qué miedo que algunos afirmen con altanería que los ordenados son sus hijos predilectos, como si fuera un padre o una madre selectiva e injusta. Nos ama a todos por igual y con un amor personal.
No escribo esto para invitarte a la oración. Creo que esa es una decisión muy personal y no un compromiso que se impone. Lo escribo, simplemente, para contarte el bien que le hace a este caribe universal estar en contacto con Dios. Sí, estar con Él me hace mucho bien.