Tal vez valga la pena preguntarse, antes de votar, si la emoción es lo que necesita el país para pensar en su futuro, o si hace falta algo de razón para que podamos construir una agenda de desarrollo viable, con criterio y con algo de confianza.
Gane quien gane, los colombianos debemos preguntarnos qué haríamos en cada uno de los escenarios posibles, sean o no favorables a los intereses de cada cual.
Este corregimiento fue en algún momento la principal fuente de abastecimiento de pescado para el departamento del Magdalena y para Barranquilla. Con el paso del tiempo, sin embargo, esa posición se ha deteriorado notablemente.
Colombia debe preguntarse qué tipo de Estado quiere ser con sus ciudadanos en el exterior. Uno que celebra las remesas, pero desatiende las necesidades básicas de quienes las envían, es un Estado que recibe sin corresponder.
Esto implica que cuando las personas se retiran de lo público -por agotamiento, miedo o indiferencia-, ese espacio no desaparece: es ocupado por otros. Y esos “otros” pueden ser movimientos de masas, intereses privados o burócratas sin rostro.
La Gran Consulta, que se convirtió en la más votada en la historia del país, demostró ser un gran acierto tanto para Colombia como para quienes la impulsaron.
Colombia merece ciudadanos comprometidos, dispuestos a asumir su papel en la vida pública y a ofrecerles a las futuras generaciones la esperanza de que la institucionalidad y la democracia pueden mantenerse vigentes, incluso en medio de las crisis que hoy enfrenta la nación.
La solicitud de la Alcaldía para asumir la administración, operación y mantenimiento del Ernesto Cortissoz es más que razonable, siempre que los platos rotos de la Aerocivil los paga directamente la ciudad a través de su imagen y la pérdida de proyección nacional e internacional.
Los nueve candidatos de la Gran Consulta amplían el panorama electoral para la Presidencia de la República. No solo ofrecen alternativas y enriquecen el debate: su decisión de unirse es una señal de que anteponen el interés del país a sus aspiraciones personales.
Hay que entender esta nueva cultura, marcada por la cercanía y la inmediatez que generan las redes sociales, y buscar dentro de ella un lenguaje que permita a las democracias no solo sobrevivir, sino salir fortalecidas.