Quienes me conocen saben que soy una eterna creyente y optimista, siempre creo que todo puede ser mejor y por ello, trabajo diariamente para tejer transformación social; sin embargo, hoy escribo desde mi humanidad sensible y mi corazón arrugado, tengo dolor de patria porque somos más violencia que piel y eso que la piel es el órgano más grande de nuestro cuerpo, estamos transitando tiempos de caos y no sé en qué momento, normalizamos las violencias y ante una noticia violenta quedamos a espera del nuevo escándalo que se vaticina más sangriento y que desborda cualquier ficción por medio de una realidad abrupta que atraviesa el derecho a estar en paz y a vivir sin zozobras.
Ojo – aclaro – que no hablo específicamente de la polarización política nacional o mundial y de las elecciones presidenciales en Colombia, hablo de la cotidianidad trágica que al parecer hemos aceptado. A todo respondemos con odio y hacemos una oda dañar a terceros.
Parecemos la patria boba, culpando a sectores, gobernantes o líderes del malestar en la cultura, cuando el malestar somos todos y todas, cuando no estamos equilibrando emociones, las interacciones en redes sociales son conflictivas, los señalamientos, las tensiones hasta en la fila de un banco se viven como si fuera un ADN del que no podemos salvarnos y al que nos hemos resignado.
Las violencias no siempre son abruptas se saben camuflar en microviolencias que adaptamos como formas de relacionarnos y me pregunto ¿Hasta cuándo vamos a sostener esa forma insostenible de existir? Es momento de volver a lo humano, a sentir, a perdonar, a fluir, a hacer de nuestros días una poesía viva y no me refiero a un mundo ideal y perfecto, sino a la consciencia de bondad y amor que la humanidad encienda.
Dejar de vivir en una competencia constante hasta con nosotras mismas, en una necesidad de acumular logros pasando por encima incluso de nuestra salud mental y física.
Tengo dolor de patria, dolor de humanidad, dolor de mí, que soy parte de todo eso. Quejarme no es la solución por eso sigo en la apuesta por el bien común, por aportar a mis entornos luz y creatividad, sin embargo, esta catarsis necesitaba hacerla porque vale la pena dejar de vivir con el corazón arrugado para trascender a realidades menos violentas, donde el respeto no sea una retórica sino una forma real de compartir este mundo donde todos y todas podemos vivir y deberíamos caber sin reparos y exclusiones.
Y les autorizo a llamarme utópica, sí, soy una romántica y esperanzada, que cree que la humanidad puede dejar de ser un proyecto fallido por uno posible. Que el amor, las artes, el diálogo, la sensibilidad y la capacidad humana de renacer ¡Nos salven!
@FACOSTAC








