Alfredo Bryce Echenique murió el pasado 10 de marzo en Lima, el mundo lo recuerda como uno de los grandes escritores de América Latina. Yo, además, como el autor a quien dediqué mi primer artículo periodístico. Hace 25 años publiqué en la revista Dominical de EL HERALDO un texto risueño titulado Alfredo Bryce Echenique, un mundo para el plagio. Van aquí algunos pasajes de ese texto:
El plagio en los niños es sólo un voto de confianza en el compañero. El párvulo doctor Bryce tenía apenas 53 años cuando cedió a la candorosa tentación de copiar a Cesare Segre. Los antecedentes se remontan a 1970, cuando aparece un estudio de Cesare Segre titulado El tiempo curvo de García Márquez. A escasos tres años de la publicación de Cien años de soledad, la lucidez de este ensayo sorprendió a la crítica internacional. El mismo Vargas Llosa, en su tesis doctoral García Márquez: historia de un deicidio recogió algunos de los planteamientos del crítico italiano.
En 1992, con más de dos décadas de por medio, el doctor Bryce se siente cómodo en su moderna caracterización de Pierre Menard. Con una contradictoria mezcla de cinismo e ingenuidad, publica en el diario El Mundo, de Madrid, una versión depurada del primigenio estudio de Segre. Por supuesto, no declara su fuente y, con suma originalidad, la bautiza: Universo femenino o de nostalgia.
Con capacidad admirable, logró condensar en pocas páginas, el vasto estudio crítico del italiano. No contento con esto, se propuso mejorar la versión castellana del texto. Por ejemplo, donde Segre dice: “la característica de Remedios la bella es la absoluta indiferencia, quizá una imposibilidad para el amor”, el talentoso doctor Bryce anota: “la característica de esta mujer es la absoluta indiferencia, probablemente la indiferencia unida a la imposibilidad total para el amor”. Como quien dice, si en lugar de “quizá”, escribo “probablemente”, y de paso le retuerzo el pescuezo a la sintaxis, es más que probable que ni el mismo Cesare lo note. Si, escuetamente, Segre describe a Remedios la bella como un ser: “inconsciente de su cuerpo y sus atractivos”, Bryce Echenique echa mano de su hondo dominio del arte barroco y escribe: “ignorante de su cuerpo fabuloso y de sus atractivos sobrenaturales”. Si Segre cierra con una sinestesia vacilante la frase: “Y precisamente es su inconsciencia la que provoca la muerte de los enamorados: sea que esta inconsciencia aparezca como indiferencia o desprecio (por ello desesperación y autodestrucción), sea que deje irradiar todo el poder de la muerte encerrado en la belleza de Remedios, cuando indiferente, hace centellear su desnudez”, el doctor Bryce, con abrumador dominio, opone a la luz de la centella, el estampido del trueno: “Y esta es la ignorancia que provoca la muerte de los enamorados, sea que aparezca como indiferencia o como desprecio, causando a su paso desesperación y autodestrucción, sea que deje irradiar todo el poder mortal encerrado en su belleza cuando, indiferente, hace tronar su desnudez”.
El novelista peruano, una de las prominentes figuras de la narrativa latinoamericana, parece abrazar el argumento de que la originalidad es un embeleco trasnochado, y que él, por el único pecado de no haber leído jamás el texto de Cesare Segre, estaba irrevocablemente condenado a repetirlo, mejorarlo y ser injustamente perseguido y calumniado.








