Se cumplió, mal que bien, el primer período constitucional para la renovación de los pilares democráticos de un país libre que ejecuta la renovación de sus cuadros legislativo y ejecutivo. El proceso estuvo marcado con enormes incertidumbres, pero la nación aprobó el examen y eligió a quienes creyeron que son merecedores de dicha distinción. No es cuestión de juegos politiqueros hablando como se comenta en las esquinas, es una obligación que se cumple inclusive por los más ignorantes, los menos educados que sienten que su país debe marchar mejor para todos y para todas las expectativas de la vida.
Ahora en dos meses llegan las elecciones para elegir al nuevo presidente, es decir, la cabeza de la gobernabilidad, el Ejecutivo, el que hace cumplir las leyes que emite el Congreso, el que vela y vigila la seguridad ciudadana, maneja las cuentas y el honor nacional, direcciona y controla la economía del país, de sus habitantes, de la salud y la educación de ellos y promueve, impulsa, controla, se responsabiliza de las obras de infraestructura. Es una labor grande, fuerte, dura, responsable, que alguna vez Mitterrand describió como: Es como si desde el palacio presidencial estuviésemos a diario cargando con el peso de un gigante a quienes tenemos que dominar y dirigir cada minuto del período.
Pero ya llegamos casi a esta fecha de elección con un Congreso elegido y unos candidatos al podio de Bolívar que creen que ellos pueden ser presidentes. La verdad, a nuestro juicio, son buenos candidatos casi todos, responsables, serios, estudiosos, conocedores del espectro público, menos uno de ellos, el señor Cepeda, a quien de entrada descalificamos absolutamente. Y no porque sea mala persona pues parece que no lo es y no lo conocemos, obvio, sino por sus antecedentes políticos y profesionales que lo retratan claramente. Porque está enterrado dentro de una concepción filosófica del poder dizque de izquierda o comunista, que ya ha demostrado mundialmente que es un fracaso total. Y para rematar, sigue los linderos, actitudes, direccionamientos y doctrinas socio políticas del señor Petro, que es la gran derrota del presente colombiano.
Seguir, continuar, las políticas y decisiones gubernamentales del señor Petro es hundir definitivamente al país en la catástrofe; en poco tiempo estaríamos con un desempleo inmenso, con una inflación pavorosa, con una inseguridad que doblaría las estadísticas diarias de asesinatos, atracos, extorsiones, robos, a márgenes de pavor, además la corrupción crecería muchísimo y llegaríamos al caos total muy pronto.
¿Queremos esto, amables lectores?







