Colombia atraviesa una de las horas más oscuras de su historia reciente. En apenas unas semanas, el país pasó de la inquietud al vértigo institucional. Las decisiones adoptadas desde lo más alto del poder han encendido alarmas en todos los sectores productivos, sociales y diplomáticos.
Lo que antes se interpretaba como errores aislados hoy se revela como un patrón: decisiones improvisadas, señales contradictorias, choques innecesarios y un desorden institucional que recuerda los momentos más oscuros de nuestra historia democrática. El país está pagando el precio de un gobierno que confundió la administración pública con un laboratorio ideológico sin responsabilidad alguna sobre sus consecuencias.
El deterioro es visible en todos los frentes. Las decisiones oficiales se adoptan sin método, sin diagnóstico y sin medir impactos. La desconexión entre el gobierno y la realidad económica es tan profunda que ya ni siquiera sorprende: se volvió rutina.
Mientras tanto, el aparato estatal vive una sacudida interna sin precedentes. Las entidades se reestructuran de la noche a la mañana y se reemplaza personal con décadas de experiencia por nóminas paralelas. Lo que debería ser la columna vertebral del Estado —su burocracia profesional— está siendo tratada como una pieza desechable. Desde adentro, funcionarios de carrera describen un clima de miedo e improvisación. Desde afuera, el ciudadano solo ve un Estado cada vez más lento y más torpe.
Cada semana surge una nueva denuncia sobre irregularidades, contratos cuestionables, decisiones sin soporte o manejos poco claros. La respuesta de los órganos de control es siempre la misma: silencio, evasivas o responsabilidades diluidas. La sensación de impunidad es total. La política exterior tampoco escapa al caos. Colombia pasó en tres años de ser un actor respetado a convertirse en un país que colecciona conflictos diplomáticos innecesarios. La diplomacia, que debería ser un ejercicio de prudencia, se ha convertido en una fábrica de incendios. Y los incendios, tarde o temprano, queman.
Frente a este panorama desolador, la oposición tampoco ofrece refugio. Los candidatos de “Gran Consulta” lejos de articular una visión común que ayude a ordenar la discusión pública y plantear rutas de salida con Abelardo de La Espriella -líder indiscutible para ganar en primera vuelta-, ha quedado atrapada en cálculos individuales, rivalidades internas y una desconexión evidente con el sentimiento ciudadano. Los fragmentos que la componen parecen más interesados en preservar sus microfeudos que en construir una alternativa coherente. Si esos candidatos continúan en este rumbo, terminarán sumando al 30% de Cepeda lo que pudo haber sido un voto de cambio con Abelardo.
Colombia necesita decisiones que unan y una dirigencia que actúe con responsabilidad. No se trata solo de evitar un daño mayor; se trata de impedir que la mala hora se convierta en un tiempo permanente. Este es el momento de frenar la improvisación, el abuso de poder, la corrupción y reconstruir la confianza. De lo contrario, lo que hoy es una alerta podría convertirse en una crisis de enormes proporciones.
La mala hora no es un fenómeno pasajero: es una advertencia. Si nadie decide asumir la responsabilidad del rumbo del país, esta mala hora puede transformarse en un periodo oscuro del que tardaremos décadas en levantarnos. El reloj corre.
@indadangond








