La alta voz de una vendedora de aguacates levantó temprano a esta alegría barranquillera. Al abrir sus hermosos ojos, la niña respiraba el olor de una arepa con huevo y un café con leche. El calor del día se traspasaba por las rejas blancas recién pintadas de la terraza donde los mecedores se movían solos con la poca brisa que había dejado el pasado mes de diciembre. Ya no había pitos ni maracas, solo se escuchaban flautas de millo, y el tum tum de los tambores.
A la princesa del hogar solo le interesaba moverse a los ritmos que se oían desde la tienda de la esquina de su casa. En esos días finales de vacaciones escolares, todo lo que se llamara carnaval, era magia en el ambiente. La mágica ciudad se convertía día por día en una ciudad de caras alegres donde las personas se sonreían más con los ojos que con los labios. El amor afloraba al son de recuerdos de enamorados y desdichados, pues el carnaval había que vivirlo no solo cuatro días sino toda una temporada donde todos los ciudadanos y visitantes se enamoraban de la vida. La ciudad, más que picante, era calurosa de amabilidad y todos hasta las serpientes y los caimanes eran bienvenidos.
La depresión no se conocía como enfermedad emocional, más bien la palabra era relacionada con la olla donde se cocieron los guandules el sábado de carnaval, y los licores adulterados dejarían a algunos alcohólicas ciegos, sordos y mudos.
En aquellos días, La poca prensa escrita anunciaba la búsqueda de una reina infantil que luciera y reflejara lo que los niños de la ciudad tenían en mente, continuar con la tradición y sembrar en el alma el amor al carnaval.
Aquella mañana, la princesa de la casa logró leer detenidamente el artículo del periódico donde anunciaban esta búsqueda. Doña Flor, joven madre de la princesa nunca había sido muy amiga del bullicio, pero al ver a su princesa desbordada de admiración por las plumas y las lentejuelas, se animó a decirle: “¿hija te gustaría ser la reina del carnaval de los niños?”. Los ojos de aquella criatura frágil, pero fuerte de mente, responden afirmativamente cantándole una canción que entre letras embolatadas resaltaba el coro y los timbales. Esta talentosa niña sabía todas las canciones de la radio, pues la cocinera de la casa siempre tenía música de salsa. merengue y vallenato.
Al fondo de la primera sala del caserón se encontraba el abuelo, un adulto mayor de origen libanes, a quienes los vecinos le decían el turco. Tímidamente el viejo se sonrió aprobando con sus manos en el bolsillo, el anhelo de la niña. Con su actitud “el turco” sellaba el pacto de alcahueta de lo que les cambiaría la vida a esa casa llena de fríos mármoles y cortinas de finas etaminas.
A la princesita le gustaba igual los fritos que el tabule y el humus, y a la mamá le gustaba más la sopa de fideos para no engordar, que el mango verde con sal. Doña Bella esclava de su belleza se animó a solicitar más información para postular a su primogénita. La abuela en su enredado español también se veía feliz. Los abuelos indudablemente querían subir de rango de princesa a reina a la alegría de la casa.
Los días pasaron y se puso en marcha el plan de la familia. En reunión a puerta cerrada, y después de verificar que los abuelos sí tenían “la tula” para costear polleras y lentejuelas, se anuncia la corona para la princesa del palacio de mármoles y muebles de estilo rococó.
El padre de la nueva reina infantil brillaba por su ausencia, su opinión no cambiaría la ilusión de la reinita. Total esta criatura simpática, había heredado los lindos ojos verdes de su padre y el narizón de su abuelo. Todo salió a pedir de boca en pocos días las costureras emprendían las largas noches con los largos metros de telas para hacer polleras y lastimar sus humildes dedos entre cocidos de lentejuelas y canutillos.
Simultáneamente en muchos puntos de la ciudad se escuchaban las viejas máquinas Singer, cosiendo disfraces hasta horas de la noche. Así también se escuchaban los gritos de felicidad de las jóvenes reinas populares.
En otra zona caliente de la ciudad se escuchaban los bullicios de alegría por la anunciación y confirmación de la nueva reina de la calle. Esta joven agraciada que ya usaba “botox”, se exaltaba de la emoción de ser finalmente llamada “reina del carnaval de la calle”. Su esbelta figura, de angosta cintura, proyectaba más ser maniquí de polleras que muñequita de pilas.
En la encantadora ciudad de brisas tropicales y fuertes tormentas, mucha agua de coco, y butifarras callejeras, ser reina del carnaval sería el mayor triunfo de una mujer y su familia. La honrosa distinción perseguida por miles, también contaría con la bendición de la buena suerte.
El misterioso anunciamiento de la joven “reina del carnaval de la calle”, proclamaba su aniversario 25, por consiguiente todo tendría que ser especial. Se lograba un verdadero triunfo ya que los organizadores eran prácticamente los austeros oponente a la organización oficial que era criticada por tener privilegios para algunos y no beneficios para todos, especialmente los limitados económicamente.
Se veía a leguas que se separaba la tradición con la nueva actitud de la monarquía y el legado tradicional de más de 100 años. Aquella joven reina popular de una querida calle donde por años desfiló decidió que sin apoyo oficial sería con todo el derecho reina de su calle. Nadie entonces previó que está alegre mujer también derretía sus sueños de ser coronada.
Era difícil entonces entender que una fiesta tan popular que gritaba, " el que lo vive, es el que lo goza”, se enfrentara al desafío de la monarquía carnavalera.
La joven talentosa, simpática, bien parecida, de carisma popular y empeñada en ser reina, dejara sentir que aunque no fuera nombrada oficialmente, ella se prepararía y dejaría muy en alto el nombre de su calle. Todo tiene validez, ella también tenía el derecho legítimo de ser llamada reina del carnaval. De familia funcional y unida, originalmente de otro pueblo, no solo la apoyaría con aplausos sino con aliento para que su sueño no se frustrara. Referente a los aportes, la reina tenía diferentes vertientes de recursos para también mostrar hermosas polleras y muchas lentejuelas. Lo más importante de esta joven destacada académicamente es que superaría su rencor, o su frustración de no haber sido la legítima reina central, que aclamaría el alegre ciudadano el día de la batalla de flores.
No había dudas esta reina tomaría la sartén por el mango y trataría de hacer presencia con o sin corona. Lo importante para su calle era mostrar que el sentir y el deseo es igual para todas las ciudadanas.
No importa cuál hubiese sido el premio, ni lo que hubiera costado, el ser la reina la llevaría a mostrar su propia competencia y marcar pauta entre los que aplauden a la mujer soberana.
Tanto la reinita infantil, como la reina de la calle, todas respiran el momento de la anunciación de ser llamadas " la reina del carnaval”.
Como cuando se grita: " Habemus papa” en Barranquilla Colombia, se anuncia, “Habemus reina”.
Para la ciudad la misteriosa anunciación ha sido esperada con ansias y el beneplácito tradicionalmente alcanzando siempre la clase alta de la ciudad. Más que un privilegio es una distinción categórica a la figura de la mujer de comportamiento elegante y distinguido. Procedente de familias distinguidas y con recursos propios para poder disponer de un lujoso vestuario, la reina es catalogada con poderes especiales y casi sobrenaturales. No se necesita ser bella pero sí un poco agraciada. El primordial requisito es ser “buena bailadora” no buena bailarina. La mayoría vienen de ancestros radicados en épocas pasadas y algunas han sido nombradas con sentidos controversiales, pero todas sin lugar a dudas son privilegiadas por el rey momo. El señalamiento de esta distinción hace que el pueblo le rinda pleitesía, algunas exageras o otras con resentimientos de superioridad.
La figura de la reina del carnaval, tiene en sus hombros el presidir eventos y programas para animar a todos. La simpatía tiene que desbordarse así sea de hipocresía. La cuna donde se nace debe ser reemplazada temporalmente por la hamaca, y simbólicamente debe identificarse humildemente con el ciudadano cotidiano que baila descalzo y bien sudado.
La muestra entera de civismo se ve reflejada en el cansancio de las largas jornadas de festivales y acontecimientos que se elevan a medida que se acercan los cuatro días cumbres del carnaval. En varios rincones del mundo el carnaval es la válvula que opera la salud mental, por ello es tan importante que se entienda como manifestación espontánea y necesidad de los humanos. Calentar la sangre al ritmo de un tambor, de una flauta o de una trompeta, es para muchos medicina para sus turbias emociones.
La anunciación de muchas reinas en especial de estas “Las tres reinas”, será protagonistas de sus propios espejos, y dejarán huellas no solo en sus vecinos sino en el alma y el amor a la ciudad. El sentimiento de mover las caderas y alzar la pollera con brazos casi biónicos es un sentimiento inigualable. La movida de hombros y un mapalé también hacen temblar el piso.
Que hermoso es ver cómo el ambiente día por día engorda la emoción del carnaval. Las miles de reinas de todos los estratos sociales, más que coronas se colocan hermosas flores en la cabeza, que engalanan con coquetería la seguridad de la mujer barranquillera.
La tarde calurosa del sábado de carnaval posiblemente unirá a estas tres reinas, al igual que otras muchas a su alrededor, las coronas serán más que de metal de orgullo y júbilo. El abuelo de la reinita, la madrina de la joven casi frustrada, y la madre de la reina central, estarán derretidas por el calor y emocionados de ver el amor de un pueblo alegre y bendecido.
“La reina del carnaval”, somos todas, en una tarde brillante y llena de serpentinas. Por consecuente, " Solo hay una reina del carnaval, esa es la mujer barranquillera”.…..y los años pasarán, pero siempre habrá reinas que sonríen con la mirada y respiran flores frescas atrás de sus orejas.
Las anunciaciones de las reinas son jubilosos momentos y se guardan como fechas especiales en el calendario de la vida, por que no importa en qué calle vives, en qué rincón estés, en Barranquilla, Colombia todas las mujeres somos reinas y ese privilegio nos lo da el hecho de nacer y ver el sol en la batalla de flores.
Luz María Rincón
Ex reina del Carnaval de Barranquilla