En la actualidad la moda ya no dicta reglas universales sino que celebra la individualidad, la evaluación de colorimetría se consolida como una de las herramientas más eficaces para potenciar la imagen personal. Lejos de ser una tendencia pasajera, este análisis, cada vez más solicitado en asesorías de imagen, propone algo tan simple como revelador: descubrir qué tonos armonizan mejor con la piel, los ojos y el cabello de cada persona para realzar su belleza natural.
Muchas decisiones de vestuario se toman por impulso, por tendencia o por afinidad emocional con un color. Sin embargo, no todos los tonos interactúan de la misma manera con el subtono de la piel. La colorimetría estudia precisamente esa relación.
A través de pruebas con telas de distintos matices colocadas cerca del rostro, un especialista analiza cómo reacciona la piel ante cada gama cromática. Algunos colores iluminan, suavizan rasgos y aportan frescura; otros pueden acentuar ojeras, endurecer facciones o apagar la expresión.
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El objetivo no es limitar, sino orientar y entender qué paleta funciona como aliada estratégica.
Las cuatro estaciones y sus matices
El sistema más difundido clasifica a las personas en cuatro grandes categorías inspiradas en las estaciones del año:
- Primavera: tonos cálidos, luminosos y claros.
- Verano: colores fríos y suaves.
- Otoño: gamas cálidas, profundas y terrosas.
- Invierno: tonos fríos, intensos y de alto contraste.
Si bien el método ha evolucionado con subdivisiones más precisas, el principio se mantiene: identificar temperatura (cálida o fría), nivel de contraste y profundidad.
Impacto que va más allá del armario
La importancia de la colorimetría no se limita a elegir mejor la ropa. También influye en:
- Maquillaje: bases, rubores y labiales que armonizan con el subtono natural.
- Coloración capilar: elegir un tinte que no apague la piel.
- Accesorios y joyería: determinar si favorece más el dorado o el plateado.
- Imagen profesional: proyectar energía, cercanía o autoridad según la gama elegida.
En contextos laborales, por ejemplo, vestir colores que iluminan el rostro puede transmitir mayor seguridad y vitalidad sin necesidad de artificios adicionales.
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Consumo más consciente
Otro de los beneficios indirectos es la optimización del guardarropa. Al conocer la paleta personal, se reducen compras impulsivas que luego no se utilizan. Las prendas dialogan entre sí con mayor coherencia y se construye un estilo más consistente.
En una época marcada por el exceso de oferta y el “scroll infinito”, la colorimetría propone una pausa estratégica: menos acumulación, más intención.
Belleza personalizada, no estandarizada
Quizá el mayor valor de este análisis es que desplaza la idea de colores “de moda” para centrarse en colores “que te favorecen”. No se trata de imponer límites rígidos, sino de comprender cómo potenciar lo que ya existe.
En definitiva, realizarse una evaluación de colorimetría no es un gesto superficial. Es una herramienta de autoconocimiento estético que, bien aplicada, puede transformar la relación con el espejo, y con el armario, desde la seguridad y la coherencia personal.





















