Las elecciones tienen una virtud que ninguna encuesta, discurso o estrategia de campaña puede reemplazar: son la expresión soberana de la voluntad popular.

La propuesta de Abelardo De la Espriella ha puesto de manifiesto un fenómeno político que resulta imposible ignorar: una parte importante de los colombianos ha perdido la confianza en la clase política tradicional. Durante décadas, los partidos han prometido cambios, reformas y transformaciones que muchas veces no se reflejaron en una mejora real de la calidad de vida de los ciudadanos. El desencanto frente a la política convencional ha abierto espacio para figuras que se presentan como independientes y ajenas a las estructuras tradicionales del poder.

El “Tigre” ha construido su imagen alrededor de esa condición de outsider. No es un político de carrera ni un representante de los partidos tradicionales, y aun así, logró derrotar en primera vuelta al candidato elegido por el gobierno. Para muchos de sus seguidores, esa independencia constituye precisamente su principal fortaleza.

No puede desconocerse que el desgaste del actual gobierno también ha influido en el escenario político nacional. La inseguridad, la crisis en distintos sectores, los constantes escándalos y la polarización han generado un profundo malestar en una parte significativa de la población. El rechazo al gobierno se ha convertido en uno de los principales motores electorales y ha impulsado a muchos ciudadanos a buscar alternativas diferentes.

Colombia es un país que ha sufrido durante décadas los efectos de la violencia, la corrupción y la pobreza. En los últimos años, numerosos ciudadanos consideran que estos problemas no solo no han disminuido, sino que en algunos aspectos se han agravado. Por ello, cada vez son más quienes consideran necesario corregir el rumbo y recuperar la confianza en las instituciones.

Sin embargo, tan importante como ganar una elección es respetar sus resultados. Resulta preocupante que algunos sectores políticos parezcan aceptar la democracia únicamente cuando los favorece. La victimización permanente y la desconfianza anticipada frente a los resultados electorales terminan debilitando la credibilidad del sistema democrático. Si las elecciones son válidas cuando se gana, también deben serlo cuando se pierde, pues quien participa en una contienda electoral debe estar dispuesto a aceptar el veredicto ciudadano. La legitimidad de las instituciones depende precisamente de esa regla básica.

Que la grandeza del Creador ilumine a Colombia para elegir con sabiduría, porque la corrupción, la violencia y la pobreza no pueden perpetuarse en el poder. Y que todos, ganadores y derrotados, tengan la madurez democrática de respetar la decisión del pueblo, que al final es el verdadero soberano de la República.

@oscarborjasant