El éxito y el fracaso de los influencers en las votaciones.
Las elecciones legislativas del domingo dejaron un experimento político interesante: medir cuánto pesa un influencer cuando el escenario deja de ser la pantalla del celular y pasa a ser la urna.
Durante años escuchamos la misma profecía: que las redes sociales iban a cambiar la política para siempre. Que quien dominara TikTok, Instagram o YouTube dominaría también las urnas.
Pero la jornada electoral volvió a recordarnos algo importante: en política los seguidores no siempre son votos.
El voto estructural sigue siendo el músculo más poderoso del sistema político colombiano. Las maquinarias territoriales continúan dominando buena parte del mapa electoral. Redes de líderes barriales, organizaciones políticas y estructuras que llevan décadas perfeccionando la movilización del votante. Mientras el influencer transmite desde su celular, la maquinaria sigue tocando puertas… y bolsillos.
Pero entre esa realidad conocida comenzó a consolidarse otro fenómeno: el “voto influencer”.
Por segunda elección consecutiva algunos creadores de contenido lograron convertir comunidades digitales en capital político real. El caso más visible sigue siendo el del senador J.P. Hernández, quien repite curul demostrando que su audiencia digital también puede comportarse como base política organizada.
A esa ola se suma el creador “ElefantesCol”, una de las sorpresas de la jornada, quien logró transformar una comunidad de 340 mil seguidores en Instagram en más de 120 mil votos para una curul en el Senado.
También llegarán al Congreso figuras como Wally y Lalis, aunque su caso responde más a la lógica de listas cerradas dentro de una estructura partidista que al fenómeno del voto de opinión individual.
Pero si algo dejó clara esta elección es que tener seguidores no te convierte automáticamente en político.
Varios influencers con audiencias gigantescas como Pechy Player, Miss Melindres o FelipeSaruma, que con más de cinco millones de seguidores no logró llegar a 50 mil votos. Esto dice algo interesante del electorado colombiano: los seguidores digitales no son votos. Una cosa es entretener y otra muy distinta liderar opinión.
Los que sí lograron resultados comparten un rasgo común: llevan años hablando de temas ciudadanos, control político y debate público. Sus redes funcionan más como una plaza pública que como un escenario de entretenimiento.
Y ahí puede estar la clave del nuevo liderazgo político: la coherencia de la huella digital.
Coherencia entre lo que se dice, lo que se publica y lo que se hace. Porque las redes sociales tienen algo que ninguna campaña tradicional tuvo antes: memoria permanente. Todo queda registrado. Todo se compara. Todo se confronta.
Tal vez por eso el futuro del voto de opinión no lo definan ni las maquinarias ni los algoritmos.
Lo definirán los políticos capaces de sostener coherencia en su huella digital.
Porque los seguidores se consiguen. Pero la credibilidad, y los votos, se construyen.
@ortegadelrio








