Yo había sido casi indiferente al canto de Bad Bunny hasta su concierto en el Super Bowl. Después de este tuve la paciente curiosidad de ver varias de sus interpretaciones. Pregunté a algunas feministas qué pensaban, por ejemplo, de ‘Yo perreo sola’ y me dijeron que les encanta porque es un himno contra el machismo. Lamento que mis preferencias musicales no logren sintonizarse con las letras, la voz y el estilo del ídolo puertorriqueño. Admiro, sin embargo, su valiente postura frente a las políticas migratorias de Donald Trump.

La migración es una de las realidades más brutales del capitalismo. Surgió porque la desigualdad y el desempleo de los países de bajo crecimiento económico empujaron a mucha gente a buscar oportunidades en países de renta alta, como Estados Unidos. La respuesta de los países receptores de migrantes ha sido el nacionalismo rabioso y la xenofobia.

En Alemania, la crisis económica produjo en 1933 seis millones de desempleados y Adolfo Hitler le sacó partido incrementando su poder electoral con la narrativa antisemita. Hoy la xenofobia nazi es un incendio trasmutado que no se extingue aún. El desprecio de Trump a la comunidad latina guarda similitudes con el de Hitler a los judíos y a las llamadas razas inferiores, y es una tendencia que se ha propagado con poderosa fuerza en las democracias liberales.

En Estados Unidos, el ascenso de Trump ha tenido como base política a millones de electores blancos y conservadores que maldicen la expansión de la población latinoamericana. El gringo republicano que ve al latino como un despreciable intruso se asemeja al alemán desocupado al que Hitler convenció de que los judíos eran los culpables de su tragedia laboral. Los fenómenos de nacionalismo radical se entrelazan con situaciones depresivas en el comportamiento de la economía que inciden en la configuración del tablero político.

Que un artista de multitudes como Bad Bunny haya estremecido los cimientos de la Casa Blanca y sacado de casillas a Trump, es un acontecimiento mundial. Gobernado por un populista de derecha, Estados Unidos, afortunadamente, sigue siendo una democracia liberal donde se pueden protagonizar estas irreverencias culturales que desafían al poder. El momento en que el cantante citó a todos los países de América, mientras caminaba vestido completamente de blanco con un balón ovoidal en las manos, nos devolvió al Rubén Blades de ‘Plástico’. Y pienso que el conejo malo habría redondeado mejor su performance si, como Blades, hubiese cerrado también con Nicaragua, pero sin Ortega. Que, quien lo creyera, terminó siendo peor que Somoza y degenerando al sandinismo.

@HoracioBrieva