Ante la crisis que enfrentan las democracias, no basta con saber cómo se debilitan, sino cómo podrían salvarse. Las democracias, a nivel global, atraviesan una crisis derivada de los nuevos -o ya no tan nuevos- movimientos populistas nacionalistas que han puesto a tambalear las bases sobre las que se define la democracia moderna. Sobre esa lenta -y para muchos imperceptible- ruptura que enfrentan las democracias se han escrito diferentes libros, como Cómo mueren las democracias, de Daniel Ziblatt y Steven Levitsky -también autores de La dictadura de la minoría-, y otras obras que describen muy bien que las democracias en nuestro tiempo no caen como antes, sino mediante la instrumentalización de las mismas instituciones democráticas y del discurso de la representación popular (tema que desarrollé en otra columna titulada Ilusión democrática).
Ahora bien, la pregunta central es: ¿cómo podemos salvar la democracia? O mejor aún: ¿cómo podemos salvar la democracia cuando las personas han dejado de creer en ella?
Es la gran pregunta del momento, especialmente cuando se avecinan unas elecciones que serán absolutamente determinantes para el país. Pero no es una preocupación exclusiva de Colombia: es una realidad global que merece una reflexión que inevitablemente se quedaría corta en una sola columna.
Una primera hipótesis sobre cómo podríamos salvar la democracia sería cambiar -o adaptar- el lenguaje político de quienes la defienden a las nuevas realidades políticas, sociales y económicas. El lenguaje tradicional, aquel que apela a las buenas maneras y al respeto por las instituciones, ha perdido terreno, y en su contra han ganado ventaja lo que el autor Giuliano da Empoli describe en su libro como “los ingenieros del caos”.
Por supuesto, el dilema de los defensores de la democracia es mantener un lenguaje que vaya en la línea del respeto por la verdad y la institucionalidad. Mal harían en caer en las estrategias populistas que se apoyan en verdades o narrativas alternativas para amplificar su discurso. Pero la coherencia no puede ser sinónimo de anquilosamiento, y la batalla por la democracia no solo se libra en las grandes instituciones, sino también en el lenguaje del día a día: en aquel que logra conectar con las emociones, los dolores y las necesidades de las personas.
Quienes abogan por la democracia deben asumir algo que da Empoli describe acertadamente como “politics is downstream from culture”, es decir, que la política se deriva de la cultura de una sociedad. Hay que entender esta nueva cultura, marcada por la cercanía y la inmediatez que generan las redes sociales, y buscar dentro de ella un lenguaje que permita a las democracias no solo sobrevivir, sino salir fortalecidas.
Esta semana, Eduardo Posada Carbó hizo en su columna una referencia muy pertinente a Alexis de Tocqueville, quien sostuvo en La democracia en América que, ante una nueva realidad política, era necesario inventar un nuevo lenguaje. Tal vez ahí está la clave: en un nuevo lenguaje que salve la democracia.
@tatidangond








