Tormentosa. Así puede definirse la relación entre el presidente Trump y el presidente Petro. La llegada al poder del republicano a la Casa Blanca cambió por completo el paradigma de la tradicional buena relación entre Colombia y los Estados Unidos. Entre febrero y marzo de 2025, Petro ordenó que dos aviones norteamericanos no aterrizaran en Colombia con deportados, al considerar que venían en condiciones indignas. Todo ese despliegue de “valentía” lo hizo a través de un mensaje en su cuenta de X a las tres de la mañana. Para Petro, se trataba de un acto de soberanía.

Desde entonces, el presidente colombiano aprovechó cada salida pública para calificar de fascistas las políticas de Trump. La respuesta no se hizo esperar. El mandatario norteamericano impuso aranceles a los productos colombianos, abriendo una guerra comercial. Debe recordarse que cerca del 29 % de nuestras exportaciones tienen como destino los Estados Unidos. Trump impuso sus condiciones y dejó atrás el internacionalismo reglado. En esa confrontación, Colombia tenía todo por perder.

Petro, lejos de moderar el tono, lo elevó aún más. Soberanía, dignidad y confrontación se convirtieron en la regla. Mientras tanto, en Venezuela, Maduro se aliaba con Petro y juntos le plantaban cara a los Estados Unidos. Incluso hubo un viaje a China para mostrar que nuestros mercados podían subsistir sin el socio histórico del norte.

Trump respondió con mayor dureza. Amenazó con retirar visas a funcionarios, aliados y seguidores de Petro, e impuso un 25 % de aranceles en una primera etapa, anunciando luego un aumento al 50 %. La situación se volvió crítica. Amigos de ambos países intervinieron para bajar la temperatura y el conflicto se fue atenuando, aunque sin resolverse. A pesar de ello, Colombia fue descertificada en la lucha contra las drogas y señalada por beneficiar al crimen organizado con la política de la “paz total”. Volvíamos, simbólicamente, a los años noventa.

El punto de quiebre definitivo llegó con la intervención de Petro en Nueva York. En medio de su cruzada personal por Palestina, salió a las calles con megáfono en mano a llamar a las tropas norteamericanas a desobedecer a Trump y comparó las redadas contra migrantes con acciones nazis. La reacción fue inmediata: el gobierno estadounidense le retiró la visa.

Más adelante, Trump ordenó operaciones de contención contra el narcotráfico con presencia naval en el Caribe y el Pacífico, desplegando acciones militares en aguas internacionales. Murieron decenas de personas. Petro reaccionó con vehemencia, acusando crímenes de guerra en el Caribe. Trump pasó entonces al ataque directo: lo llamó “líder del narcotráfico” y extendió las sanciones a su entorno familiar y político, incluyendo a su esposa, a su hijo y al ministro Benedetti. Además, los incluyó en el registro de la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC), bloqueándoles la vida financiera. Otro quiebre profundo en la relación bilateral.

Petro calificó estas medidas como una ofensa a la democracia y a la soberanía colombiana. Sin embargo, al iniciar el 2026, con la captura de Maduro y su esposa, el panorama cambió. Petro envió señales para abrir un canal de diálogo con Trump. Estaba claramente preocupado. Trump incluso amenazó con acciones directas contra Colombia. El 5 de enero se logró una comunicación y se programó una reunión para el 3 de febrero, para la cual se le otorgó a Petro una visa especial.

Al final, los ánimos se calmaron. Trump le recordó a Petro que no debía inmiscuirse en Venezuela, que debía luchar contra las drogas, extraditar a los criminales y respetar la democracia colombiana. Petro salió de la reunión con una gorra de ¨Make America great Again¨y la dedicatoria del libro de Trump que llevó a la reunión. La política exterior exige seriedad y pragmatismo. Colombia pasó de aliado estratégico a un país presionado y aislado. La realidad del poder se impuso sobre la retórica.

@FBarbosaDelgado