Durante años se repitió el mismo libreto: que invertir en espacio público era un lujo, que no generaba retornos y que endeudar una ciudad para transformarla era una irresponsabilidad. Barranquilla decidió demostrar lo contrario. Hoy, los resultados están a la vista y, sobre todo, en las cifras.
La recuperación del río Magdalena no fue una obra decorativa ni un capricho urbano. Fue una decisión política que convirtió a Barranquilla en un escenario urbano activo, atractivo y económicamente productivo. Bajo la administración del alcalde Alejandro Char, el Gran Malecón se consolidó como uno de los espacios públicos más visitados del país. Solo en diciembre de 2025 recibió más de un millón de visitantes, generando un consumo estimado superior a $15.000 millones en gastronomía, comercio y transporte. En apenas dos días de Navidad, más de 111.000 personas recorrieron este espacio, algo impensable hace una década.
Pero el impacto no se quedó en una sola obra. La ciudad entendió que el turismo moderno se construye con experiencias. La Luna del Río superó los 157.000 visitantes en su primer mes de operación. Con una tarifa de $15.000 por ingreso, esto representa ingresos cercanos a $2.300 millones en taquilla en pocas semanas. No es relato, es recaudo. Es inversión pública generando retorno.
La transformación ha sido integral y continua. Puerto Mocho recibió más de 515.000 visitantes en su primer año, conectando a Barranquilla con el mar como nunca antes. El Ecoparque Ciénaga de Mallorquín ya supera los 600.000 visitantes, posicionando a la ciudad como destino de turismo urbano y de naturaleza. A esto se suma un Carnaval que en 2025 movilizó cerca de 700.000 visitantes, generó un impacto económico estimado de $880.000 millones, alcanzó ocupaciones hoteleras cercanas al 95 % y sostuvo más de 190.000 empleos directos e indirectos.
Muchos de los críticos de la deuda pública son los primeros en disfrutar las obras y los resultados. Quieren la ciudad transformada, pero sin asumir el costo de transformarla. Pretenden progreso sin decisiones y desarrollo sin inversión, una postura tan cómoda como incoherente.
Barranquilla no nació como ciudad turística. Se fue convirtiendo en una. Y lo logró porque entendió que el desarrollo no se decreta, se construye. Hoy, los números confirman que invertir bien lo público no solo cambia la ciudad, la pone a otro nivel.







