Durante décadas supimos más o menos quiénes influían en la opinión pública. Periodistas, académicos, líderes políticos, columnistas, voces incómodas pero necesarias. No eran infalibles, pero ayudaban a ordenar el debate, a contrastar ideas, a incomodar certezas.
Hoy eso se está perdiendo. No porque falten voces, sino porque la opinión ya no la lideran personas: la lidera un algoritmo.
Un algoritmo complaciente. Diseñado no para decirte lo que necesitas saber, sino lo que quieres ver. Lo que confirma tus creencias, alimenta tus sesgos y te hace sentir parte del “lado correcto”. Así se va formando una opinión cómoda, atractiva, emocional… pero no necesariamente correcta.
El problema de fondo es que ese algoritmo no es neutral. Responde a una lógica de capitalismo extremo: la política del consumo. Yo te muestro lo que te gusta para vendértelo. Funciona de maravilla cuando se trata de elegir un celular, una crema antiarrugas o una marca de zapatos. Te refuerzo la idea de que “este es mejor” porque sé que eso te impulsa a comprar.
La gravedad aparece cuando esa misma lógica rige la opinión política.
Porque la política no se puede consumir como un producto más. Pero hoy se empaca igual. El algoritmo te vende una visión del mundo alineada con tu burbuja. Te muestra solo los argumentos que te gustan. Te oculta los que te incomodan. Y así terminas creyendo que “todo el mundo piensa igual”.
Cuando en realidad no es así.
Existen otras burbujas digitales que afirman exactamente lo contrario. Para otros usuarios, otro candidato es el evidente, el lógico, el mayoritario. Cada burbuja vive convencida de ser la mayoría. El problema es que nadie sabe de qué tamaño es cada una. No hay forma real de medirlas desde el feed. Porque son dinámicas y se actualizan dependiendo las métricas de comportamiento.
Y ahí está el quiebre más peligroso: ya no sabemos cuál es la opinión general de una sociedad. Ni siquiera de un país. Porque la conversación pública dejó de ser un espacio compartido y se fragmentó en miles de realidades paralelas.
Las elecciones recientes en distintos países lo han demostrado una y otra vez. Redes que anticipan victorias aplastantes y urnas que cuentan otra historia. No porque la gente “se equivoque”, sino porque la percepción fue moldeada por un sistema que prioriza la satisfacción individual sobre la verdad colectiva.
Tal vez el mayor desafío de esta época no sea informarte más, sino desconfiar un poco de lo que crees saber. Recuerda que esa opinión que parece dominante… muchas veces es solo la que el algoritmo decidió complacerte. Y que la realidad, como siempre, suele ser bastante más compleja que la burbuja digital en la que el algoritmo te tiene atrapado.
@eortegadelrio







