En medio de la crisis que atraviesan las instituciones sobre las cuales se cimentó la sociedad internacional, comienzan a surgir nuevos liderazgos que reconocen la necesidad de una visión más pragmática de las relaciones internacionales. Esta semana, el discurso de Mark Carney, primer ministro de Canadá, en el World Economic Forum dio la vuelta al mundo, principalmente por ofrecer una lectura que responde a una realidad que ya no puede ser negada: la fractura del viejo orden global.
Los países deben asumir, a partir de la política exterior del gobierno de Donald J. Trump —que ha amenazado a sus aliados europeos con aranceles e incluso con el uso de la fuerza en el caso de Groenlandia—, que no pueden seguir dependiendo de la hegemonía estadounidense para proteger ni sus intereses nacionales ni los regionales. Asimismo, deben reconocer que el derecho internacional ha dejado de ser el principal derrotero para la gestión de los conflictos entre las naciones.
No es una realidad fácil de aceptar. Se trata de un desafío profundo para los Estados occidentales que durante décadas confiaron en las alianzas de seguridad colectiva y que veían en Estados Unidos a un socio fundamental en el comercio internacional. Ante este nuevo escenario, los países están obligados a replantear con rapidez cómo ampliar sus mercados y construir nuevas alianzas, como lo demuestra el reciente tratado de libre comercio entre el Mercosur y la Unión Europea, que busca ofrecer una ruta alternativa frente a la incertidumbre comercial que está generando Estados Unidos, un país que hoy concibe la integración como un acto de subordinación.
Como sostuvo Carney, la nostalgia no es una estrategia. Es necesario abrir los ojos y comprender con claridad que el mundo ha cambiado en tiempo récord, especialmente en el último año. Las instituciones internacionales deben revisar los errores en los que han incurrido y proponer alternativas que las conviertan, al menos, en espacios de interlocución medianamente efectivos para garantizar la paz y la seguridad internacionales.
Entre los múltiples mensajes de su nutrido discurso, quizá uno de los más relevantes sea el reconocimiento de que países como Canadá —potencias medias— tienen hoy el poder y la capacidad de contribuir a la construcción de un orden global basado en el respeto por los derechos humanos, los compromisos con el desarrollo sostenible y la integridad territorial de los Estados. Este llamado debería traducirse en una mayor articulación entre los países que comparten estos valores, con el fin de alcanzar acuerdos y ejercer una contención más firme frente a las actuaciones de quienes buscan desestabilizar el orden internacional bajo el argumento del interés nacional.
@tatidangond








