En el mundo del Derecho, suele debatirse sobre normas, términos procesales dejando en la sombra el componente humano de quienes administran justicia. El ejercicio de la judicatura es una labor noble, pero también un escenario de alto riesgo emocional, marcado por el recargo laboral, las presiones mediáticas, el aislamiento, la exposición constante a conflictos y la corrupción latente.
No podemos seguir ignorando que el juez, antes que funcionario, es un ser humano. Los riesgos de seguridad no solo provienen de los expedientes; provienen del desgaste de su salud mental, un juez que lidia con amenazas, escrutinio público y una carga administrativa asfixiante, corre el riesgo de trasladar al estrado sus propios conflictos no resueltos.
La pegunta hoy no es solo quién puede ser juez por sus títulos y años de experiencia, sino quién debe serlo por su estructura mental y emocional. El nuevo perfil del juzgador exige un equilibrio entre la Inteligencia Cognitiva (IC) para resolver problemas jurídicos, y una Inteligencia Emocional (IE) que le permita decidir sobre la vida de otros sin que esos conflictos se conviertan en propios, ni transferir los propios al escenario judicial, esto es la salud de la toga, es la capacidad de decidir con imparcialidad, libre de sesgos que generan el estrés o los traumas personales, y que estos no afecten a la administración de justicia.
Para alcanzar una verdadera “justicia judicial”, el bienestar judicial no puede ser cosa de cada 25 de julio (día internacional de Bienestar Judicial), se requiere de un cambio de paradigma a través de modelos gerenciales flexibles, de un sistema de calificación mas humano y coherente con la realidad social, de la articulación de equipos Interdisciplinarios que terminen con la soledad del juez, psicólogos, trabajadores sociales, sociólogos deben ser parte en la toma de decisiones complejas, de la aplicación de enfoques más humanos como los de justicia restaurativa y terapéutica que humanizan todo el proceso, reduciendo la frustración y la ansiedad. Instituciones sólidas requieren operadores sólidos.
Un juez consumido por la angustia, el miedo al prevaricato o el pánico mediático es más vulnerable, por ello la salud emocional es indispensable para decisiones justas y, sobre todo, el mejor insumo anti-corrupción judicial.
Solo con jueces sanos mental y emocionalmente podremos transitar de una simple “administración de procesos” a una verdadera administración de Justicia, sin salud mental en los estrados, cualquier intento de reforma judicial está destinado al fracaso.
* Doctora en Sociología Jurídica e Instituciones Políticas – Consultora senior








