El nombre de Virginia Quintero Blanco guarda una historia familiar. En él están presentes sus abuelas, dos mujeres que marcaron su vida desde antes de nacer. Nació hace 41 años en Barranquilla, en el antiguo Seguro de la Vida de la calle 40, y creció siendo la menor de tres hermanos.
Su hermano mayor es comunicador social y periodista. Su hermana es psicóloga, mentora y coach en felicidad. Ella, en cambio, decidió seguir una intuición distinta. “Yo decidí estudiar lo que quisiera y hacer lo que me diera la gana. Entonces estudié lo que me gusta, que es música”.
Aunque nació en Barranquilla, su infancia y adolescencia estuvieron en La Guajira. Allí empezó a cantar desde muy joven, participando en presentaciones y actividades musicales. Durante años fue cantante amateur, una experiencia que le permitió desarrollar su talento y su sensibilidad artística. Sin embargo, el verdadero descubrimiento llegaría más adelante.
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Cuando regresó a Barranquilla para estudiar en la universidad eligió la Licenciatura en Educación Musical. En ese momento pensaba que su camino estaba ligado únicamente al arte. “No estudié música como tal, sino licenciatura en educación musical, y ahí me encontré con la pedagogía”.
Ese descubrimiento se volvió definitivo cuando tuvo que dar su primera clase frente a un grupo de niños. “Cuando me expuse por primera vez a un grupo de niños y niñas para brindar una clase, fue como magia para mí”.

En ese instante entendió que su vocación iba mucho más allá de cantar. “Más allá de la música, más allá de cantar, lo que yo quería era enseñar. Ahí conecté con mi vocación, que es la educación”.
Después de graduarse comenzó a trabajar como profesora de música en diferentes jardines infantiles de Barranquilla. Paralelamente continuó cantando en el Centro Bíblico Internacional, manteniendo viva su relación con la música.
Pero con el paso del tiempo empezó a notar una realidad que le generaba inconformidad. En muchos espacios educativos, el arte no era valorado como una herramienta de aprendizaje. “En esa época la música era vista como algo de relleno, y yo quería demostrar que el arte también podía transformar la educación”.
Con ese propósito decidió continuar su formación y aplicar a una maestría en Educación. Fue admitida en la Universidad del Norte, pero había un reto económico. Entonces aplicó a la beca Juan Pablo Gutiérrez Cáceres, y la consiguió.
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“Estudié maestría en educación en la Universidad del Norte, con énfasis en el neurodesarrollo infantil. Ahí comenzó mi entrenamiento como investigadora”.
Educar con conciencia
Después de descubrir que su vocación estaba en la enseñanza, decidió profundizar en cómo acompañar mejor la crianza. “Decidí desarrollar esa experticia y me certifiqué como educadora familiar en disciplina positiva, en la Asociación Americana de Disciplina Positiva. Mi propósito era ayudar a las familias a criar con respeto, pero también con límites”.
A partir de esa formación desarrolló una metodología propia y ha participado en proyectos locales y nacionales orientados a orientar a padres y cuidadores. Su trabajo se centra en ofrecer herramientas prácticas que permitan fortalecer el vínculo entre adultos y niños desde el diálogo y la comprensión.
“No se trata de dejar hacer a los niños lo que les dé la gana, sino de acompañarlos desde el respeto y la dignidad, pero con reglas y normas claras”.
Los jóvenes investigan
Cada vez más familias están optando por educar a sus hijos fuera del sistema escolar tradicional. Aunque para muchos puede parecer una tendencia reciente, en realidad es una forma de aprendizaje que existe desde hace siglos.
Sin embargo, en la actualidad muchos niños que estudian bajo este modelo no tienen acceso a espacios donde puedan demostrar sus talentos. “Hay chicos muy inteligentes y muy hábiles en arte, deporte o ciencia, pero no pueden participar en concursos o torneos porque no están vinculados a un colegio”.

Frente a esa realidad, Virginia impulsó una iniciativa para crear oportunidades de aprendizaje e investigación para estos jóvenes. Uno de los proyectos centrales es un semillero de investigación juvenil, donde participan nueve estudiantes que trabajan temas relacionados con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS).
“La idea no es solo que conozcan los objetivos, sino que investiguen cómo estamos en nuestro contexto frente a esas problemáticas”, explicó Quintero.
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Los jóvenes analizan temas como el hambre cero, la educación de calidad, la equidad de género o el trabajo digno, con la meta de diseñar proyectos que puedan aportar soluciones en sus comunidades.
El trabajo del grupo ya comenzó a tener impacto. Recientemente sostuvieron encuentros con instituciones del Atlántico, como la Secretaría de la Mujer, para conocer de cerca la realidad social del departamento.
Además, el semillero fue invitado a participar en el Foro Internacional de Jóvenes por la Sostenibilidad, que se realizará en Bogotá dentro de la Segunda Cumbre Internacional de Educación Alternativa.


















