Barranquilla no necesita parecerse a Miami. ¡En absoluto! Le basta, como ha hecho durante las últimas dos décadas, con ser auténtica, para parecerse cada vez más a sí misma. Hoy se le reconoce, dentro y fuera de Colombia, como una urbe que logró entender que sembrar árboles va mucho más allá de ser un gesto ornamental o una pretensión paisajística y por eso decidió otorgarle el estatus de política pública de bienestar, salud y defensa ambiental.
De ahí que sean tan injustas como insensatas las palabras de Petro cuando afirma que aquí se siembran “palmeras extranjeras que no dan sombra” para imitar a esa ciudad de EE. UU. Cuando un presidente usa desinformación dirigida a desacreditar un territorio y golpear políticamente a sus autoridades, no ejerce crítica democrática, manipula deliberadamente la realidad para inducir a un engaño colectivo. Otra expresión más del persistente maltrato político y simbólico que el gobernante ha enfilado contra Barranquilla durante su mandato.
Está claro que el jefe de Estado rara vez viene a la ciudad o, cuando lo hace, debe ser que los vidrios oscuros de sus raudos vehículos blindados no le permiten apreciar —en detalle— el arbolado de la Arenosa. Porque es suficiente con recorrer sus diferentes sectores para comprobar la distancia que existe entre su irresponsable discurso y el estado de las cosas.
Bongas o ceibas inmensas, robles morados y amarillos, mangles y otras especies nativas de la región Caribe forman parte de un ecosistema que transformó radicalmente nuestro espacio público. Son resultados verificables de una estrategia sólida, sustentada en criterios científicos y ambientales definidos en un Manual de Silvicultura Urbana, concebido por expertos para tal objetivo. Cada árbol sembrado responde a estudios de adaptabilidad, biodiversidad, regulación de las temperaturas, mejora de la calidad del aire y salud pública.
La evidencia está ahí y salta a la vista. Seguramente al mandatario no se lo han contado, o si lo hicieron lo ignora exprofeso. Barranquilla ha sembrado más de 200 mil árboles en los últimos 20 años y cuenta a día de hoy con cinco bosques urbanos, 356 parques recuperados y unos 2,5 millones de metros cuadrados de espacio público convertidos en zonas verdes.
Todo ello reduce la sensación térmica entre 4 y 6 grados centígrados, mitiga inundaciones, captura contaminación y previene muertes prematuras —20 al año— asociadas a una mala calidad del aire. Barranquilla comprendió, mucho antes que otras capitales del país e incluso del exterior, que arborizar es una inversión en salud pública con beneficios económicos. Por tanto, no es casualidad que durante seis años consecutivos la Arenosa haya sido reconocida como la ‘Ciudad Árbol del Mundo’ por la FAO, agencia de la ONU, y la Fundación Arbor Day.
Pero nada de eso le importa a Petro. Porque él prefiere la caricatura fácil, la frase incendiaria y el prejuicio político. Y ahí es donde reside su problema. Cuando la mentira o inexactitud premeditada se convierte en instrumento de poder, la discusión pública deja de construirse sobre hechos ciertos para cimentarse sobre narrativas falsas, diseñadas con el propósito de destrozar reputaciones, fomentar resentimientos y dividir al país entre aliados y enemigos.
Esta no es la primera vez que Petro recurre a ese espurio método con Barranquilla. En él existe una patológica tendencia para minimizar sus progresos, deformar sus realidades y presentar sus genuinas transformaciones como sospechosas o superficiales. Lo que debería reconocerse como una experiencia exitosa de renovación urbana termina siendo, desde la tribuna presidencial, el blanco de su hostilidad, efecto de una cantada confrontación política. Su revanchismo es tan lamentable como vergonzoso al ensañarse con esta ciudad.
Presidente, Barranquilla no debe ser usada como diana de sus prejuicios políticos ni de sus relatos falsos. Merece respeto, al igual que sus avances ambientales, sustentados gracias a la continuidad institucional y visión estratégica de sus autoridades que apuntan a mejorarle la vida a la gente. Faltar a la verdad o engañar, que al f inal es lo mismo, puede que sea rentable en las urnas, ad portas de las elecciones. Pero, a la postre, si dejamos que la política se soporte en falsedades toleradas por los ciudadanos, el ejercicio del poder se deformará en una especie de autoritarismo irreversible que nos condenará al infierno de la sinrazón.







