Barranquilla vuelve a vestirse de ideas. Después de vivir un carnaval histórico, liderado por los reyes Michelle Char y Adolfo Maury, ahora los curramberos tienen su remate casi un mes después para seguir disfrutando de su gran fiesta, pero esta vez desde una óptica más analítica. Para ello la Fundación La Cueva, organizadora del Carnaval Internacional de las Artes, ha preparado una edición cargada de grandes invitados, quienes alejados del bullicio invitan a reflexionar.

Desde el viernes y hasta este domingo 22 de marzo la capital del Atlántico se convierte, una vez más, en un punto de encuentro donde confluyen la literatura, el cine, la música y las artes visuales. Tratar de reducir este evento a una simple agenda cultural sería un error, ya que su verdadera esencia está en su vocación, que busca entender la cultura no como espectáculo pasajero, sino como una herramienta para interpretar el presente y cuestionarlo.

Hace exactamente dos décadas, una conversación casual entre el líder empresarial Antonio Celia y el escritor y periodista Heriberto Fiorillo, tras quedar por fuera de una charla del Hay Festival Cartagena, sembró la semilla de lo que hoy es una de las apuestas culturales más auténticas del Caribe. Aquella frustración se transformó en una gran idea al crear en Barranquilla un espacio donde la palabra, la música y el arte dialogan sin tanto protocolo. Así nació el Carnaval Internacional de las Artes.

Veinte años después, la llamada “fiesta de la reflexión” ha logrado consolidarse como un escenario donde lo inesperado ocurre, escritores que dialogan con músicos, cineastas que comparten con el público en espacios abiertos, y pensadores que reclaman una ciudad que responda con curiosidad a cada sesión.

La presencia histórica de figuras como los fallecidos salseros Johnny Pacheco o Roberto Roena, la legendaria bailarina mexicana Tongolele, el actor italiano Ennio Marchetto, el también dramaturgo Robinson Díaz o el cineasta César Augusto Acevedo, ganador de la Cámara de Oro en Cannes, elevó desde sus primeras ediciones el nivel de la conversación cultural en las esquinas barranquilleras.

Uno de los grandes escenarios que tuvo este evento fue el teatro municipal Amira de la Rosa, cerrado desde el 27 de julio de 2016, debido a graves fallas estructurales y que hoy es intervenido, por lo que ha tocado buscar otros escenarios nuevos como la Fábrica de la Cultura, donde este año se presentarán figuras como los dominicanos Jossie Esteban y Adalgisa Pantaleón, la diva de la agrupación de Juan Luis Guerra; Juan Carlos Coronel, Iván Vilazón, Diana Burco y muchos más que abrirán las puertas al pensamiento crítico.

No obstante, esta celebración también deja al descubierto una realidad incómoda. Sostener durante dos décadas un evento de esta magnitud, apoyado casi exclusivamente por el sector privado, no es solo meritorio, es alarmante. Que una iniciativa de tal impacto cultural dependa de esfuerzos aislados y no de una política pública sólida evidencia la fragilidad del ecosistema cultural local. El llamado de Antonio Celia a la dirigencia política no puede seguir cayendo en oídos sordos. La cultura no es un lujo; es una inversión en ciudadanía.

El valor del Carnaval Internacional de las Artes radica precisamente en recordarnos que una ciudad no solo se define por su capacidad de celebrar, sino también por su disposición a pensar. Como bien lo señala el periodista David Lara Ramos, que ha estado ligado al evento desde su primera edición, este espacio confirma que “hay una Barranquilla que reflexiona, que cuestiona incluso su fiesta mayor y que entiende que la identidad también se construye desde la crítica”.

Por eso, más que asistir, hay que participar. Más que escuchar, hay que dialogar. Y más que aplaudir, hay que exigir. Exigir que esta “fiesta de la reflexión” no sea un esfuerzo heroico de unos pocos, sino una política cultural respaldada por los barranquilleros.

Por todo esto y más el Carnaval de las Artes es una fiesta que debe ser bien valorada por el público que fiel a la tradición deberá disfrazarse para disfrutar de manera gratuita de cada evento. Porque si el carnaval nos enseña a celebrar lo que somos, el Carnaval de las Artes nos invita, con la misma urgencia, a pensar en lo que podemos llegar a ser.