En su tercer intento, el desembarco de José Antonio Kast en la Presidencia de Chile marcó un inédito punto de inflexión en la política del país, materializado finalmente este miércoles.
Por primera vez desde el retorno a la democracia en 1990, un dirigente de extrema derecha asumió el poder luego de recibir un mandato contundente de las urnas, constatando el giro de una nación que, después de apostar hace cuatro años por un gobierno de izquierda, decidió buscar las respuestas que reclamaba en la orilla opuesta de ese espectro ideológico.
Con un “Gobierno de emergencia”, Kast enfrentará las que estima principales urgencias de los chilenos: seguridad, migración irregular y reactivación económica. Padre de nueve hijos y antiabortista declarado, prometió en campaña que no centraría su gestión en la llamada “batalla cultural” sobre derechos sexuales o libertades individuales, sino en resolver las inquietudes más inmediatas de la ciudadanía. Ahora dice que “todo cambiará”, aunque no será fácil porque deberá lidiar con un Parlamento fragmentado y sin mayorías claras que lo obligará a negociar cada reforma. Desafío mayúsculo frente a un electorado tan impaciente.
Lo cierto es que el comienzo de este nuevo ciclo político marcado por altas expectativas y la necesidad de tender puentes no puede entenderse sin revisar el contexto que lo precede. La administración de Gabriel Boric, símbolo de la nueva izquierda chilena, ascendió al poder impulsada por las ansias de cambio surgidas al calor del estallido social en el 2019. Sin embargo, la incapacidad del Ejecutivo para traducir esas demandas en resultados tangibles: mayor seguridad, crecimiento económico y control migratorio erosionó la confianza, la credibilidad y el respaldo de la ciudadanía. La consecuencia fue el castigo electoral de su proyecto progresista que acabó desgastado, como admitió el exmandatario al evaluar su gestión. “No todo es culpa de otro”, dijo en su despedida, en la que dejó abierto un regreso.
Los chilenos exigen orden, eficacia y autoridad, ejes del modelo político ofrecido por Kast que ahora deberá demostrar que es mucho más que un lema electoral. Sobre todo porque su presidencia también abre interrogantes. A diferencia de otros gobernantes de derecha en la historia reciente de Chile, como el fallecido Sebastián Piñera, su trayectoria política ha mostrado una relación ambigua con el legado de la dictadura de Augusto Pinochet,
a la que ha defendido abiertamente en reiteradas ocasiones, lo que nutre dudas legítimas sobre el rumbo autoritario, antidemocrático e iliberal que podría tomar su administración. En esta tienen asiento la derecha tradicional y sectores aún más radicales dispuestos a presionar para profundizar la agenda conservadora expuesta por años en su discurso más extremista.
Bajo esa lógica, la promesa de Kast de gobernar con pragmatismo y moderación deberá traducirse en decisiones concretas que demuestren respeto por el marco de derechos y los contrapesos institucionales que sostienen hoy la democracia chilena. Un reto extendido a la sociedad en general que deberá estar vigilante para que las nuevas políticas públicas respondan a demandas de seguridad y prosperidad sin erosionar libertades fundamentales.
La alternancia ideológica en Chile no tiene por qué dar pie a una deriva de polarización. Por el contrario, puede convertirse en una oportunidad para que el sistema político retome el camino del equilibrio, acuerdos amplios y responsabilidad institucional. En esa capacidad de convivir de manera armónica, pese a las diferencias profundas y sin renunciar al respeto democrático, se juega, en buena medida, el futuro de la democracia chilena. El viraje del país, que fuera paradigma del progresismo latinoamericano, también envía un mensaje a la izquierda: las iniciativas de cambio pierden fuerza cuando no logran responder con eficacia a las preocupaciones diarias de la población o se revisten de falacias para ser sustentables.
Con Kast se reafirma el giro a la derecha e inclusive a la extrema derecha en América Latina, donde el péndulo ideológico ya se mueve con rapidez por el voto protesta de electorados descontentos y frustrados que exigen cumplimiento de sus expectativas de cambio y orden.







