Que el Atlántico sea uno de los territorios piloto escogidos en Colombia para la aplicación de la vacuna contra el dengue no es casual. Sin duda, marca un punto de inflexión en la histórica lucha contra una amenaza real que se resiste a ceder. Esta intervención de salud pública, sustentada en evidencia científica y en las capacidades institucionales del Atlántico, responde a una lectura técnica del riesgo, focalizada en territorios donde el virus ha cobrado mayor factura, de ahí que la prevención sea más que urgente. En ese sentido, la priorización de los municipios de Malambo, Soledad, Baranoa, Sabanalarga y Puerto Colombia responde a criterios epidemiológicos claros y a realidades sociales que señalan acciones diferenciadas en un departamento que está decidido a ganarle los espacios al mosquito y a la enfermedad.
Durante años, el dengue ha tensionado la capacidad de respuesta del sistema de salud en la región Caribe. Brotes recurrentes, hospitalizaciones evitables y dolorosas muertes han demostrado que la prevención, por más esfuerzos realizados, no ha sido suficiente. Por eso, la introducción escalonada de la vacuna contra el virus, avalada por la Organización Mundial de la Salud y adoptada por el Ministerio de Salud, introduce un giro estratégico para pasar del control reactivo a la protección anticipada de los grupos de la población más expuestos.
Ser territorio piloto implica, además, una responsabilidad todavía mayor. El Atlántico no solo recibe una herramienta con solvencia probada para reducir hospitalizaciones y cuadros graves de la enfermedad, sino que se convierte en referente para el resto del país. Lo que aquí ocurra en términos de cobertura, adherencia y resultados será observado con lupa por la nación entera. Sin embargo, el éxito del proceso no dependerá exclusivamente de las autoridades sanitarias del departamento, sino de la respuesta activa de sus comunidades.
Y así resulta porque ninguna vacuna cumple su promesa sin la movilización o compromiso consciente de la ciudadanía. La cobertura masiva viene a ser la variable decisiva para que la inmunización se traduzca en menos contagios y menos muertes, propósito fundamental de esta apuesta. De ahí la urgencia de que se combata la desinformación sobre los biológicos y se reconstruya la confianza en la ciencia y en las autoridades sanitarias, en especial entre la población priorizada, que en Atlántico son los menores de 9 años. Al final, vacunarse es un acto de protección individual y, al mismo tiempo, de enorme responsabilidad colectiva.
Insistamos en algo fundamental ahora que la inmunización está en marcha. Epidemiólogos, médicos pediatras, infectólogos y otros expertos consultados por EL HERALDO coinciden en que la vacuna es segura y eficaz. Por un lado, porque la evidencia clínica subraya su carácter tetravalente, es decir, porque ofrece protección contra los cuatro tipos de virus del dengue que circulan hoy en el país. Y por el otro, por su capacidad para disminuir los cuadros graves y las hospitalizaciones, incluso en escenarios de circulación simultánea de estos serotipos.
Vacunar, en cualquier caso, no reemplaza los hábitos que siguen siendo la primera línea de defensa contra el virus transmitido por el mosquito Aedes Aegypti. Eliminar recipientes con agua estancada, lavar y cepillar tanques, usar toldillos y repelentes, instalar mallas en las puertas y ventanas y participar en acciones comunitarias de control del insecto son prácticas imprescindibles que deben sostenerse en el tiempo. Dicho de otra forma, el dengue se previene en los hogares de nuestros barrios tanto como en los puestos de salud.
La vacunación contra el dengue, frente a la que pueden surgir dudas e inquietudes, exige motivación, información clara y participación social. Padres, cuidadores, docentes, líderes comunitarios y medios de comunicación estamos llamados a entender que el biológico no es un experimento de prueba y error, sino una medida basada en evidencia científica. Por tal razón, Atlántico tiene ante sí una oportunidad concreta para cambiar la historia reciente de la enfermedad. Aprovecharla demanda coherencia institucional, pedagogía constante y una ciudadanía comprometida. Porque cuando la confianza, la vacunación y la prevención se alinean, proteger la vida deja de ser una ilusión y se convierte en un resultado tangible.







