La costa Caribe colombiana volvió a ser arropada por la tradición, esta vez para rendir un sentido homenaje a uno de sus hijos más queridos y recordados: Adolfo Pacheco Anillo. La obra musical del juglar de los Montes de María sigue siendo guía vital para la identidad sonora de nuestra región. Aunque físicamente ya no nos acompaña, su legado fue exaltado este jueves en el teatro José Consuegra Higgins, en medio del evento denominado ‘Tarde de Legado Caribe’, en el que la Universidad Simón Bolívar le otorgó de manera póstuma el doctorado honoris causa en Sociedad y Cultura Caribe.
Este juglar nacido en San Jacinto, Bolívar, fue el creador de canciones que hoy son consideradas verdaderos himnos del alma costeña, entre estas La hamaca grande, El mochuelo o El cordobés. Pero eso no fue lo que lo engrandeció, sino su alma de cronista, esa que le permitía a través de versos retratar, con sabiduría y picardía, la forma de ser y el sentir de este pueblo que pese a sus desdichas siempre se muestra alegre. De esta manera, su obra se convirtió en fiel reflejo en el que generaciones enteras logran reconocerse como ser caribe.
En este evento que resultó concurrido y que culminó en una verdadera parranda vallenata, también se realizó el lanzamiento del libro Por los caminos de la hamaca grande, la autobiografía del maestro respaldada por esta universidad, en la que en 280 páginas Pacheco cuenta detalles únicos de su vida y entrega hasta las claves que le permitieron reponerse de los golpes más duros de la vida, entre esos la partida de sus padres. Y es que el espíritu batallador de Pacheco lo llevó a vivir varias vidas en una sola. Estudió Ingeniería Civil, fue profesor de matemáticas, abogado, político y ante todo un amante y defensor de nuestra cultura.
El rector de Unisimón, José Consuegra Bolívar, durante su intervención, aseguró que la gigantesca obra y el trascendental legado de Adolfo Pacheco, “que elevaron a sitial cimero la cultura colombiana, nos llenan de júbilo y nos continuarán deleitando el espíritu y alegrando el corazón por el resto de nuestras vidas e igualmente las gozarán las futuras generaciones. Sin duda, siempre será un hacedor emblemático de nuestra identidad y valores tradicionales”.
El hijo del viejo Miguel, a ese que le dedicó un canto que no se apaga, según cuenta Aura Aguilar Caro, docente investigadora de la Universidad Simón Bolívar, lo desvelaba el hecho de dejar escrito de su puño y letra sus memorias, porque de esta manera sabía que podía dejar un legado a la mano. “Me le medí a ayudarlo en el 2018. En el 2019 seguimos conversando y en enero del 2020 nos entregó cinco agendas, en las que él había escrito sobre su vida, la parte de sus padres, los procesos de estudiante y también de su vida comunitaria y política”.
Por su parte, el arquitecto Ignacio Consuegra de la Universidad Simón Bolívar, y quien colaboró en la carátula del libro, contó que “a él se le motivó para que escribiera un libro de su vida, él contó su libro en primera persona así como contó la canción de El Viejo Miguel, entre otras”.
En la misma velada fueron distinguidos otros grandes guardianes del folclor: Alberto ‘Beto’ Villa, rey vallenato 1988; los compositores Camilo Namén Rapalino y Fernando Meneses; y los legendarios Gaiteros de San Jacinto, herederos de la tradición de tambor y gaita que resuena desde tiempos ancestrales. Todos ellos recibieron la Orden Académica Simón Bolívar, máxima distinción de la institución, en reconocimiento a su papel de custodios de nuestra memoria sonora.
Actos como este evidentemente nos recuerdan la urgencia de defender y enaltecer nuestra raíz musical. Adolfo Pacheco entendió desde siempre que la música no es solo goce, sino un relato vivo de quienes somos.
Hoy su hamaca sigue tendida en la memoria de quienes crecieron cantando sus éxitos, meciéndose con la cadencia de la brisa, el canto del mochuelo pico de maíz y la voz de un pueblo que no lo ha olvidado.
Los costeños, en especial los amantes de la música vallenata y sabanera aún extrañan su figura, pero eso no es impedimento para celebrar su legado, porque aquí nuestros juglares nunca mueren, sino que se inmortalizan en cada acorde, en cada gaita y en cada verso que nos devuelve el orgullo de ser caribes.