Me refiero a la isla en Grecia, no a Salamina (Magdalena), terruño de mis ancestros. En el estrecho que la separa del continente, cerca de Atenas, los griegos, liderados por Temístocles, acorralaron y derrotaron (480 a.C.), a la poderosa flota naval persa con Jerjes I a la cabeza. Brillante estrategia que, al frenar la invasión persa, eliminó la amenaza al desarrollo de la cultura que definió el futuro actual de occidente.

Por décadas la seguridad energética global se centraba en el petróleo. Los grandes shocks siempre tenían como protagonista al crudo, su precio, transporte, abundancia o escasez. El mundo cambió sin aviso y el conflicto con Irán revela que el eslabón débil ya no es el petróleo, sino el gas. Concretamente en el gas natural licuado (LNG). El mercado petrolero tiene una virtud: resiliencia, su comercio es flexible. Si un proveedor falla, se sustituye; si una ruta se interrumpe, hay alternativas. Habrá costos, pero el combustible fluye. El LNG es rígido, porque su logística especializada (plantas de licuefacción, terminales de regasificación, buques para transportar gas a temperaturas extremas y contratos de largo plazo) limita su reasignación inmediata. No hay sustitutos fáciles ni rutas alternativas simples. La tensión en el Golfo Pérsico afecta el tránsito por el Estrecho de Ormuz y el problema no es solo regional, es sistémico. Por ahí pasa 20% del LNG mundial y ese gas no puede desviarse a otro destino o reemplazarse con rapidez. Qatar —de los mayores exportadores del mundo— depende 100% de esa ruta; si se bloquea, aun parcialmente, el impacto es inmediato. No se necesita un cierre, basta con que aumente el riesgo militar, suban las primas de seguros o los barcos decidan no transitar: el flujo se reducirá, los precios aumentan y los mercados se estresan. Lo que estamos viendo confirma esa vulnerabilidad. Asia depende del LNG del Golfo y ya compite ferozmente por cargamentos disponibles con Europa, que, sin el colchón del gas ruso, enfrenta mayor exposición al mercado global. Los países emergentes —sin capacidad de pagar precios altos— quedarían fuera del sistema. Colombia importa principalmente de EE. UU. y Trinidad y Tobago, y los afectados competirán, con más recursos, por ese mismo gas. Nuestro dilema energético se torna económico, y social, al reflejarse en electricidad costosa y restricciones de suministro. Los países que importan LNG dependen de la estabilidad regional y decisiones que se toman a miles de kilómetros de donde se consume la energía. El riesgo se concentra hoy en regiones inestables, y cuellos de botella estratégicos, haciéndolo más difícil de gestionar.

Hoy ese riesgo tiene nombre propio: el gas, y tiene ubicación, un estrecho que puede cerrarse en cuestión de horas, pero con consecuencias que durarían años. No se necesita su destrucción total para generar un colapso general, con que ese paso se vuelva incierto o peligroso, se sentirán sus efectos hasta en Colombia. Ormuz es la Salamina contemporánea.

@achille1964