En Barranquilla, el año comienza con estrépito. Después de los anuncios de Año Nuevo, después de las sirenas y las canciones de siempre, resuenan el millo y las tamboras en un rápido preámbulo que marca la transformación de una ciudad que se entrega a una celebración que no admite medias tintas. Sabemos que nuestro carnaval no es solo una fiesta: es un estado de ánimo compartido, una coreografía urbana que llena las calles con una explosión de alegría que no tiene parangón en Colombia. Hay rituales, símbolos, fechas inamovibles y una devoción espontánea. El carnaval ofrece una catarsis colectiva.
Pero apenas se guardan los disfraces y se silencian las orquestas, el calendario cambia de registro. El baile se apacigua, la maicena se barre y la ciudad recupera su rutina habitual. No es solo el final de una fiesta; se abre un periodo que contrasta con lo que acaba de ocurrir. Comienza la Cuaresma.
Incluso para quienes no practican la religión con disciplina estricta, ese tramo de cuarenta días tiene algo sugerente. Luego del exceso viene la moderación; pasada la euforia compartida, el silencio. Las tradiciones no sobreviven únicamente por inercia. Si se mantienen por siglos, es porque responden a una necesidad humana recurrente. La Cuaresma pudo nacer de un mandato religioso preciso, pero su permanencia sugiere que también toca algo más elemental. Hay una sabiduría práctica en los periodos acotados. No se trata de “cambiar la vida”, sino de intentar un ajuste durante un tiempo definido. Cuarenta días no son una eternidad, pero tampoco son una ocurrencia pasajera.
La Cuaresma puede entenderse como una excusa legítima para bajarle el tono a todo. Reducir un poco el ruido —externo y propio—. Evadir los lugares comunes y suspender algún exceso trivial. Intentar una limpieza mental que no tiene que ser dramática ni visible. No hace falta convertirla en discurso edificante; basta con asumirla como una temporada de sobriedad tranquila y voluntaria. Un espacio para darle aire a los propios pensamientos, que suelen quedar sepultados bajo la bulla, la prisa y la repetición automática de opiniones. Tal vez esa sea la mejor manera de aprovecharla: concederse la posibilidad de una pausa. No viene mal recordar que también es posible callar un poco y ordenarse por dentro, en un breve ensayo de atención.
Y si al final de esos cuarenta días nada cambia de manera espectacular, tampoco importa. A veces, el simple hecho de comprobar que somos capaces de ajustar el ritmo, aunque sea por un tiempo, suele ser suficiente.
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