El país entero sin distingo de regiones está sepultado en la inseguridad ciudadana de todos los niveles y características, en la inmoralidad, el delito de todas las nominaciones, la corrupción y esa degradación del ser humano que llega al límite de no distinguir cuál es el lado positivo y bueno de los acontecimientos y dónde está el arrastre de la inmoralidad con sus matices. Pero un sencillo análisis nos muestra entonces que para alcanzar los altos grados de corrompimiento, crímenes, extorsiones y secuestros, asesinatos de todas las características, el camino es uno porque es el génesis de la degradación.

La película podría iniciarse en la pobreza, la miseria de quien nace y crece en medio de la ruina, el hambre, las necesidades con una mezcla diáfana de que así no se distinguen fronteras y todo, hasta el asesinato parece normal. Así crece y se nutre el niño fruto de la violencia y las costumbres paupérrimas. De adolescente ve a sus compañeros llenarse de dinero y él nutriéndose de miseria. Asomándose a la juventud encuentra al compañero y el vecino que ya tiene una motocicleta y estrena camisas cada semana. Aprende y se nutre del vecino y finalmente se vuelve cómplice.

En plena juventud o madurez ya pertenece a los clanes donde se disfruta y se busca el asesinato y la extorsión. Ese es el camino, el sendero que los une a los frecuentes grupos de los bandidos de todos los calibres. Ya el convertido delincuente no entiende ni quiere entender hacia donde está el norte o el sur de la delincuencia. Tiene los bolsillos llenos. Forma parte de los más de veinte mil bandidos que entran y salen de las cárceles, vuelven repletos a los juzgados, inundan los barrios, se afilian a grupos o sectores donde solo hay una religión: la forma de hacer por las buenas o las malas.

Adelante y atrás, dentro y fuera de este panorama mal descrito e igualmente negativamente retratado, siempre está la gaseosa teoría de que del hambre nace el delito y de la impunidad se surte el crimen. La mejor socia de las cárceles es la miseria misma que engendra tenebrosos caminos. Se nos dirá que hasta en los más modernos y ricos países del orbe existen delincuentes, sí, pero su porcentaje es mínimo frente a esta población en los países subdesarrollados, repletos de impunidad, invadidos de pobreza, de mínimos o inexistentes valores. Es un camino quizás atractivo para estudiarlo y analizarlo desde otros puntos de vista como los factores políticos que provocan tan alucinantes situaciones. Sí, es bien conocido que el hambre trae el delito, este la impunidad cuando valores distintos se atraviesan, pero en el fondo hay una trágica verdad: sin educación mínima no hay valores y sin estos no existe la fe en el ser superior.