Cuando uno como médico se pone a pensar en las maravillas de la inteligencia artificial, es inevitable compararla con la maravilla de la medicina clásica, esa con la que hemos vivido durante siglos, que ha sostenido a la Humanidad y que se basa en cuatro pilares: observación, palpación, percusión y auscultación: el mejor algoritmo para un diagnóstico.

La materia más cautivadora en medicina es la Semiología, el estudio de los signos (manifestaciones objetivas) y los síntomas (percepciones subjetivas) de la enfermedad; por primera vez aprendemos a conocer a las personas en todas sus dimensiones. Por ejemplo, un médico puede sospechar que un paciente es diabético con el solo olor dulzón, afrutado, de su orina. No sé si la IA pueda oler, porque toda enfermedad tiene su olor característico.

Siempre se ha dicho que la medicina es un arte, en el sentido de poder organizar toda esa información semiológica para crear una obra dinámica que se llama diagnóstico y tratamiento para la vida, la obra más hermosa después la creación: la salud y su conservación.

Los médicos somos conscientes de los innegables beneficios que ha aportado el desarrollo de la tecnología a la medicina para demostrarnos de manera contundente y con certeza científica, mediante pruebas o exámenes de laboratorio o invasivos, que teníamos, o no, razón en nuestro diagnóstico.

No alcanzo a imaginar qué aparato remplazaría el contacto visual, el estrechón de manos, la sonrisa de la enfermera, el abrazo de agradecimiento, la sensación de ser atendido por un ser humano que es capaz de comprender hasta el dolor psíquico.

El acto médico es un acto de amor en el que el profesional pone al servicio del paciente su saber de la cosa médica con el único deseo de mejorar o salvar la vida del consultante, sin distingos de ninguna clase. Eso dice el Juramento Hipocrático.

Con todo ese montón de locuras que se ven en las redes que pueden hacer con la inteligencia artificial, no me queda ninguna duda en que llegaremos hasta la manipulación genética. Lo que a mí me parece crítico es definir la pregunta de siempre: en manos de quién está la IA.

Lo que tampoco me deja dudas es que la IA puede hacer la morisqueta que quiera, pero no podrá remplazar el factor humano. En un hospital no sólo el médico sana a los pacientes, también lo hace la enfermera, el camillero, la señora del aseo, la que toma las muestras. Infortunadamente, son los más amenazados para ser remplazados por la IA. Los médicos también, con algunas excepciones.

No le temo a la IA, fui muy bien entrenado en la Facultad de Medicina de la Universidad del Cauca, en Popayán.

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