Enseñamos a nuestros hijos, desde temprana edad, una serie de valores que consideramos fundamentales para el crecimiento personal y la adecuada integración en la sociedad. Se ponderan la educación, el respeto en el lenguaje, la amabilidad incluso frente a quien piensa diferente, y la empatía como base de la convivencia. Se insiste en que el diálogo debe prevalecer sobre el grito, que aceptar la diferencia es una muestra de madurez y que la verdadera fortaleza reside en el carácter, no en la imposición.

Del mismo modo, se inculca la importancia del estudio, del esfuerzo sostenido y de la preparación. Se celebra con orgullo a quien se esfuerza, se gradúa, obtiene un título, se especializa o dedica su vida a aprender, investigar y aportar a la sociedad. La experiencia y la formación se señalan como condiciones indispensables para ejercer cargos de responsabilidad. Se defiende la educación como un valor esencial en sí mismo, y no solo como una vía de ascenso social.

En muchas de nuestras familias, estos principios se sostienen también desde una visión espiritual. Valores como la humildad, la misericordia, el perdón, la bondad y la solidaridad se reconocen como fundamentos para hablar del respeto como deber moral, de la justicia como horizonte y del amor como la mayor fuerza transformadora.

No obstante, al momento de tomar decisiones políticas, como la que se expresa a través del voto, esas convicciones tienden a quedar relegadas. Se justifica, se normaliza e incluso se apoya la agresividad, la soberbia o la humillación hacia quien piensa diferente. Se elige a candidatos que desprecian el conocimiento, minimizan el valor de la experiencia y ridiculizan a quienes dedican su vida a estudiar o a construir desde la cooperación. Con nuestro voto, se legitima a quienes excluyen, a quienes conciben el poder como un instrumento para imponer, silenciar o eliminar al que no es aliado.

Con frecuencia, además, se pasa por alto que existen discursos que proponen igualar no desde la abundancia, el desarrollo o la dignidad, sino desde la pobreza, la precariedad y la resignación. Son propuestas que, lejos de aspirar a elevar a todos, se conforman con arrastrar a la mayoría hacia abajo, eliminando oportunidades en nombre de una justicia mal entendida. Se promueve así una cultura de la envidia, del castigo al que progresa, del desprecio al mérito, como si el bienestar ajeno representara una amenaza en lugar de una posibilidad compartida.

Esta reflexión no pretende señalar partidos ni dirigentes. Sí busca llamar la atención sobre una incoherencia que se extiende con rapidez en distintos escenarios de la política mundial: la distancia, cada vez más marcada, entre los valores que se promueven en el ámbito privado y los comportamientos que se legitiman en el espacio público. La elección de un líder no es únicamente un trámite administrativo; constituye también un gesto moral. Representa la validación de un estilo, de una forma de ejercer el poder, de una visión sobre lo que está bien y lo que no. Cuando esa visión contradice los principios que se enseñan en el hogar, en las escuelas o en los espacios de fe, la falta de coherencia se vuelve evidente.

El ejemplo siempre tendrá más fuerza que el discurso. Alinear las decisiones cotidianas, incluidas las políticas, con los valores que se busca transmitir es una de las formas más claras y contundentes de demostrar que los principios no son flexibles, ni negociables, y mucho menos inútiles.

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