Uno de los grandes afanes –y logros-, del ser humano, ha sido comunicarse con sus congéneres, incluso, independientemente de la distancia que los separe, por lo que, progresivamente, ha ideado formas, cada vez más innovadoras para conseguirlo. Además, del telégrafo, otro hito trascendental fue la invención del teléfono, a finales del siglo XIX, cuyo uso se masificó en el siglo XX.

Hoy, nuestra vida está conectada a un teléfono inteligente, a través del cual no solamente nos comunicamos, sino que realizamos múltiples actividades y accedemos a diversas formas de entretenimiento. Ahora, solo con un clic, logramos comunicarnos con nuestros seres queridos o con quienes tenemos actividades académicas, laborales, etc., en cualquier punto del globo terráqueo. Paulatinamente, a través de la videocomunicación, la interacción social directa frente a frente se ha ido limitando, incluso, con amigos cercanos y familiares, derivando en reuniones a distancia e impersonales. Estamos hiperconectados, pero distanciados físicamente.

También predomina la comunicación virtual con personas a las que nunca hemos visto o con amigos creados digitalmente; incluso, hay empresas que ofrecen compañía virtual para soporte emocional y de salud.

La investigación publicada el pasado 6 de enero, por la revista de la Asociación para la Ciencia Psicológica (APS), sobre la socialización en medio de la soledad, concluye que, en comparación con las interacciones cara a cara, la comunicación mediada por pantallas genera menos emociones positivas; la activación fisiológica suele ser menor; las relaciones, la confianza y la cohesión grupal se desarrollan más lentamente; las inhibiciones se reducen y llevan a una mayor disposición a comentarios negativos y hostilidades; etc.

Justamente, en mi columna La amistad y la felicidad, de marzo pasado, aludí a los beneficios de contar con vínculos sociales cercanos, en donde, con frecuencia y regularidad, compartamos conversación e interacción física. El análisis científico plantea que aquellas personas que viven en soledad, cuyo contacto con congéneres es mayoritariamente virtual, suelen desarrollar enfermedades fruto del envejecimiento prematuro. Lo contrario sucede a quienes sostienen prolífica interacción social no virtual.

Gocemos ese gran privilegio de conversar frente a frente, sentir y prodigar el calor humano, el afecto y los sentimientos del interlocutor, como bálsamo espiritual que llena de felicidad e impacta efectivamente en nuestra salud física y mental, como la ciencia lo ha demostrado.

@Rector_Unisimon