En la vida, y especialmente en la salud, pocas cosas son tan valiosas como la confianza. Es la base sobre la que se construye cada consulta, cada diagnóstico y cada acto de cuidado. Nos permite creer en el criterio del médico, seguir un tratamiento o compartir nuestros miedos y preocupaciones. Sin confianza, la ciencia médica se vuelve distante y el cuidado, impersonal. Hoy, ese valor enfrenta dos grandes desafíos: la llegada de la inteligencia artificial al entorno sanitario y la expansión de discursos que cuestionan la evidencia científica.

La reciente presentación de ChatGPT Salud, desarrollada por OpenAI, ilustra bien este nuevo escenario. La herramienta promete ayudar a los usuarios a interpretar resultados médicos, organizar su atención y comprender su bienestar, con el respaldo de una protección reforzada de datos personales. Su propuesta suena esperanzadora: hacer que el conocimiento médico sea más accesible, cercano y útil. Sin embargo, despierta recelo. Confiar en una máquina para hablar del cuerpo, las emociones o las decisiones más íntimas no va a ocurrir de inmediato, sobre todo ante la incertidumbre de cómo podría usarse esa información.

Algo similar ocurrió con los GPS en los automóviles. Cuando aparecieron, pocos querían dejarse guiar por una voz robótica: se confiaba más en la intuición, la experiencia o los mapas de siempre. Con el tiempo, quedó claro que el GPS no era infalible, pero sí confiable. Aprendimos a usarlo como una guía complementaria, sin dejar de mirar la carretera. Con la inteligencia artificial médica probablemente suceda lo mismo. La confianza no llegará con la herramienta, sino que se ganará con el tiempo, la transparencia y los resultados que respeten la autonomía y el juicio profesional de las personas.

Ahora bien, mientras aprendemos a confiar en las máquinas, algunos humanos toman decisiones que erosionan la confianza pública, el recurso más valioso para proteger la salud colectiva. El anuncio sobre la modificación de los calendarios de vacunación infantil en Estados Unidos es un ejemplo preocupante: cuando las políticas se guían por ideologías y no por evidencia científica, no solo aumentan el riesgo de reaparición de epidemias y muertes evitables, sino que se debilita la fe de las personas en las instituciones y en la ciencia misma. Recuperar esa confianza perdida será mucho más difícil que prevenir el daño que la originó.

La confianza es, en última instancia, el punto de encuentro entre la ciencia, la tecnología y la condición humana. No se trata de elegir entre un médico o una máquina, sino de reafirmarla como el valor que sostiene todo acto de cuidado. No se entrega a ciegas: se construye con evidencia, coherencia y responsabilidad. Cuando se erosiona, el daño no es simbólico, sino real. Cada duda infundada o decisión nacida del miedo o fanatismo debilita la red que protege la salud pública y pone en riesgo vidas.

La verdadera fortaleza de sistemas como ChatGPT Salud no estará en sus algoritmos, sino en su capacidad de reconstruir la confianza perdida: inspirar seguridad, acompañar al paciente y fortalecer el juicio clínico sin reemplazarlo. La tecnología, usada con ética y empatía, puede ser un antídoto contra la desinformación, una guía que complemente el conocimiento humano.

@hmbaquero

hmbaquerio@gmail.com