En días pasados se llevó a cabo el primer evento de Pre-Carnaval en Barranquilla, la Lectura del Bando. La narrativa utilizada este año deja sobre la mesa un tema que merece ser explorado con mayor profundidad. La raíz negra no es folclor decorativo, es estructura, ritmo, lenguaje y memoria viva.
Esa estructura contiene múltiples capas que se entrelazan y construyen una red compleja de historia, costumbres y tradición. No es una herencia estática, sino una fuerza que se transforma y se manifiesta de distintas maneras. Una fuerza que, a través del lienzo y pinceladas cargadas de dinamismo, Jean-Michel Basquiat supo transmitir desde su propia experiencia afroamericana.
Basquiat no representa lo afro como un tema externo, sino que pinta desde lo afro, desde la herida histórica, desde la exclusión transformada en obra. Algo similar ocurre en el Carnaval cuando la raíz negra deja de ser comparsa y se reconoce como fundamento cultural, como base sobre la cual se construye la celebración.
A primera vista, la obra de Basquiat puede resultar agresiva o incluso incómoda; su estilo primitivo y crudo es fácilmente reconocible desde la distancia. Sin embargo, esa fuerza visual está cargada de simbolismos que refuerzan su mensaje constante sobre la herencia afro. En sus cuadros aparecen máscaras, cráneos y esqueletos que narran historias de racismo, colonialismo, identidad afrodescendiente y desigualdad. Entre todos los símbolos utilizados, la corona se convierte en su ícono más potente, una afirmación de poder y dignidad históricamente negados a la negritud.
Así como la Reina del Carnaval logró llevar al evento una parte de la historia negra, Basquiat, a lo largo de su corta vida, dejó un legado en el que sus ancestros quedaron inscritos en la historia del arte. Su obra nos invita a mirar lo primitivo no como atraso, sino como raíz, y a observarlo con ojos de arte cargados de memoria.
Natalia Aguilar
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