Con la esperanza puesta en futuras generaciones y el optimismo de renacer hacia una nueva cultura dónde la memoria común sea un arma letal contra la subversión de los valores, con hombres capaces y probos, de conducta moral y ética irreprochables, quizá entonces valga la pena comprometernos en seleccionar a nuestros representantes sin fallar en el intento.
Colombia necesita líderes verdaderamente comprometidos, figuras que estén dispuestas a ir hasta el final, no a probar suerte para ver cuánto duran en la contienda, porque este festival de egos y aspiraciones sueltas solo beneficia a quien ya tiene estructura y narrativa clara, el que no necesita convencer a nuevos votantes, sino simplemente movilizar a los suyos.
La culpa no es de Petro es suya y mía, al final de todos, por la carencia nacional del colombiano de tener cultura política que nos impide votar consientes, libres e informados, depositado el voto solo por los mejores candidatos presidenciales.
Son tres sectores políticos fuertes. Pero ninguno de los tres tiene votos para ganar la Presidencia de la República sin hacer alianzas, y menos en primera vuelta, fenómeno que sólo logró Uribe en el 2002 con su proyecto de seguridad democrática durante el gobierno de Andrés Pastrana azotado por la guerrilla de las Farc.
Todo un coro de veleidad política arropada en la frase prestada de Santos de que “Solo los estúpidos no cambian de opinión”, muy cierta, pero de lo que no puede cambiar un político decente es de principios y valores, de ideología, pues quien no la tiene busca agradar a todos al vaivén de sus oscuros intereses, la esencia del populista.