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Cuando el ocaso caía el 20 de enero de 1949, todo estaba listo. El Carnaval ad portas de iniciar. El Teatro Murillo se vestía de gala y folclor para recibir, por primera vez, la Lectura del Bando. Allí, en medio de toda la parafernalia digna y adorada de las carnestolendas se iba a erigir un personaje que ha sido, es y será ‘El bandolero mayor’.

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De la pluma magistral de Alfredo De la Espriella salieron un total de 59 bandos que lo hicieron digno de ese apelativo. Pero para llegar a ese título primero hubo un sueño. Sí, El sueño del rey Momo, aquel primer bando salido de su ingenio y de su misterio del que se cumplen 75 años.

El sueño del rey Momo

'Yo, rey Momo del barrio Abajo,
ordeno y mando al carajo
a todo aquel maretira
que se las tira
de café con leche
y se atreva... ¡eche!
a salir en pleno Carnaval
sin disfraz, careta, capuchón,
máscara o antifaz'.

Así empezaba aquel primer bando de Alfredo De la Espriella. De esa manera, iba a dejar claro lo que principalmente buscaba: resaltar la tradición y que la ciudad completa se volcara a esa celebración.

'Esos bandos de Alfredo estaban cargados de jocosidad, tenían una simpatía con el pueblo. En eso se destacaba su creatividad e ingenio. Él recurría a unos términos que hoy han desaparecido. Matacongos, maretiras. Malemurcios era uno de los términos que más empleaba y siempre estaba pendiente de los dichos del pueblo', explicó Alberto Martínez Pacheco, presidente de la Asociación Movimiento Cívico.

De igual forma, la investigadora cultural Mabel Gasca explicó que la principal característica de Alfredo De la Espriella, no solamente en el primero, sino en todos los bandos, fue el manejo elegante de lenguaje.

'Tenía un estilo muy particular en el que primaba la picaresca, la mamadera de gallo, el vacile, con una elegancia y una sutileza suprema. Tal vez por eso fue el favorito de las reinas, de los alcaldes, de los presidentes de la junta del Carnaval, como se llamaba antes al grupo organizador. Pero el bando no solamente era un decreto festivo, también era una oportunidad para tirar puyas a los políticos, a las autoridades civiles y eclesiásticas, a los aburridos que no gustaban del Carnaval'.

Otra de las características puntuales de ese primer bando fue la ponderación del disfraz. Incitar a que toda la ciudad se disfrazara y aquellos que incumplieran con el decreto podrían ser multados.

De hecho, el mismo Alfredo De la Espriella explica este suceso en un artículo que recoge la revista ‘Huellas’ de la Universidad del Norte, del año 2005, en el que escribe: 'A fines del siglo pasado, acostumbraban los organizadores del Carnaval proveer a la gente de un especial salvoconducto a manera de pasaporte, el cual costaba un peso. Persona sorprendida en la calle que no mostrara el suyo era puesto preso y multado; con cuyo dinero se contribuía para los gastos generales de la fiesta. Todo esto, naturalmente, dentro de un ambiente de humor y cordialidad'.

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La libretica del misterio

El bando históricamente ha sido un reflejo no solo de la cultura caribeña y una oda a lo que rodea el Carnaval: hacedores, disfraces, música y hasta el tradicional ‘perrateo’ de estas épocas, sino que además ha sido espejo de la realidad social de la ciudad, el país y el mundo.

Y eso no es mera casualidad ni salía porque sí o porque así debía ser. No. Metódico siempre, Alfredo De la Espriella andaba por la vida con una pequeña libretica en la que apuntaba absolutamente todo lo que sucedía.

'Durante el año tenía una libretica donde iba apuntando cuestiones que pasaban. Yo le decía: ‘Alfredo, ¿y esa libretica qué es?’. Él me respondía: ‘Esto es un misterio, esto es un misterio’. Y cuando llegaba el momento del bando sacaba todo, de ahí que el bando siempre tiene que ver con lo que está pasando', explicó Alberto Martínez Pacheco.

Y ahí, cuando se encerraba a escribir, sacaba toda su imaginación y jocosidad para que el público terminara extasiado después de que se leyeran sus palabras. Ejemplo de ello, recuerda Luz Marina Atehortúa, reina del Carnaval 1985, es que en su bando 'pasó algo muy particular, porque fue la época en la que se aprobó la extradición. Entonces, él escribió que se extraditaría a toda aquella persona que no se disfrazara, que no formara parte del jolgorio'.

El legado de Alfredo

Haber sido el artífice, ininterrumpidamente, de 59 bandos es algo que difícilmente pueda ser igualado por alguien no solo por la cantidad, sino por la calidad de los mismos que han quedado en el recuerdo de los amantes a las fiestas del dios Momo.

En ese sentido, la investigadora del Carnaval Mabel Gasca explicó que Alfredo De la Espriella ha hecho un gran aporte a la tradición y al Carnaval de Barranquilla con la escritura del bando, tarea a la que se dedicó durante décadas. 'El fue quien escribió el decreto parrandero que las reinas del Carnaval leían a sus súbditos ordenándoles divertirse durante la fiesta'.

Gasca añadió: 'Alfredo también fue el creador del Bando de Antaño, espectáculo que organizó ya casi a punto de retirarse. Su idea era convocar a las reinas –todas las que estén vivas– a participar en este otro Bando. Para él, creo yo, era una forma de rendirles un homenaje a ellas quienes hicieron las delicias del pueblo barranquillero, pues fueron las que se encargaron de presidir con lujo el Carnaval'.

Por su parte, Alberto Martínez Pacheco, presidente de la Asociación Movimiento Cívico, detalló que para preservar el legado de ‘El bandolero mayor’ se deben recopilar todos los bandos escritos por él y se debe crear una escuela siguiendo su estilo.

'Que los jóvenes vayan leyendo todo eso. Porque aquí en Barranquilla hay mucho ingenio, los pelaos son ingeniosos. Tienen unos recursos para destacarse hablando y sería bonito que ellos también hagan bandos'.

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Guardiana de su bando

En sus manos guarda un tesoro. Lo protege con alma, vida y corazón. La reina del Carnaval 1985, Luz Marina Atehortúa, es quien durante más de casi 40 años ha resguardado en su casa el pergamino original del bando que Alfredo De la Espriella escribiera para ella.

Explica que esta pieza histórica terminó en sus manos después de la Lectura del Bando que ella presidió y que, incluso, muestra de la confianza a ciegas en ‘El bandolero mayor’, nunca lo leyó antes de ese momento.

'Confié en él, lo puse todo en sus manos. El mismo día, en el momento del bando, fue que lo leí. Esas preparaciones de hoy, eso no existía en ese momento'. Atehortúa agrega que 'Alfredo era un personaje, y su manera de hablar, muy elocuente, te convencía de todo lo que te decía. Entonces, pues, confiaba plenamente en su retórica y lo que él iba a plasmar dentro de ese bando'.

Preservarlo para ella ha sido una de las gratificaciones más grandes que ha tenido. 'Son tesoros invaluables'. Y que incluso sus hijos le preguntan siempre por qué lo guarda y ella responde: 'Son recuerdos y tesoros que no se pueden olvidar'.