Creer que la seguridad se mide solo en números es el mayor error de este Gobierno. Porque esas cifras no son producto de autoridad, sino de concesiones. No son reales. Son prestadas. Y como todo lo prestado, se puede perder en cualquier momento. Lo del traslado lo demostró: el ritmo de esta paz falaz no lo impone el Estado, lo imponen los delincuentes. Y cuando eso pasa, no hay paz: hay sometimiento silencioso.
Por eso la responsabilidad ahora recae en Estados Unidos. Si decidió usar la fuerza, que sea para defender esos principios. Usarla solo tiene sentido si es para que 24 millones de venezolanos vivan mejor.
Y el próximo año, con elecciones ese riesgo será aún mayor y ahí más firmes debemos estar. La Navidad nos recuerda que antes que bandos, somos personas; antes que diferencias, comunidad. Cuando volvemos a la mesa, como familia, la esperanza no se pierde. Cerramos un año duro. Abrimos otro desafiante.
El país está confundido, pero no está perdido. La gente está aburrida, pero no se ha rendido. Solo necesita una señal de madurez. Por eso este diciembre deberíamos pedir un solo aguinaldo: que quienes no pueden ganar dejen de dividir y empiecen a sumar.
La línea está rota. Y si no la reparan con verdad completa, sin excusas, sin desvíos, sin minimizar lo que importa, entonces no se romperá solo una institución: se romperá la confianza; se romperá la lealtad; se romperá la patria.
El fútbol, el deporte y el entretenimiento son plataformas reales de desarrollo emocional, económico y nacional, no adornos. Y Colombia podría dar un salto histórico si los integra de verdad a su proyecto de país. Ese es el poder del balón.
Lo que nos muestra Argentina es sencillo: nadie sale de una crisis solo. Como en la vida, siempre es mejor contar con el buen amigo, ese que llega justo a dar el empujón que faltaba. Pero para que aparezca, primero debemos demostrar que somos un país que vale la pena acompañar.
El efecto Mamdani es una advertencia. El poder se está desplazando de los gremios a las redes, de los discursos a la acción, de los apellidos a las causas. En un país donde un tendero es extorsionado, un joven no logra independizarse y una madre lucha para pagar el arriendo, lo que se necesita no es ideología, sino empatía.
Aún hay tiempo. Si este campanazo sirve para algo, que sea para despertar, para dejar los egos atrás y construir una alternativa real. El país no necesita más división, necesita liderazgo y unión.
Petro será inolvidable, sí. Pero no por su grandeza, sino por su obsesión con el caos. Por convertir la política exterior en teatro y la interna en campo de batalla. Por querer pasar a la historia, aunque sea a costa del país que juró proteger.