Vivimos tentados a opinar de inmediato, a indignarnos sin pausa y a cargar emocionalmente con problemas que exceden nuestra capacidad de acción. Eso no nos hace más conscientes ni más comprometidos, solo más vulnerables al desgaste.
Eliminar o al menos moderar las actitudes egoístas, puede ser un buen propósito para este año que comienza. Tal vez baste con eso: con pensar dos veces antes de actuar, preguntarnos a quién afecta lo que hacemos y aceptar que vivir en sociedad implica, en ocasiones, renunciar a una comodidad personal.
Confío en volver a trotar pronto, cuando el cuerpo lo permita. No para recuperar tiempos ni distancias, sino para restablecer una rutina que demostró tener, más allá de cualquier duda, un impacto más profundo del esperado.
Diciembre trae, con sus brisas y cielos azules, una disposición distinta, una necesidad casi involuntaria de aferrarse a las buenas noticias. Barranquilla se siente diferente, con una ligera sensación de alivio que se cuela en la rutina diaria.
Para 2025, Oxford eligió el término rage bait. En español podría traducirse como «carnada de rabia» o, más ampliamente, como el contenido en línea diseñado deliberadamente para provocar ira o indignación.
En muchas ocasiones buscamos explicaciones complejas para nuestros problemas y señalamos primero las fallas ajenas, cuando conviene recordar que buena parte de la convivencia depende de nuestras acciones cotidianas y se sostiene con gestos mínimos.
En Colombia nos inquietan los problemas estructurales de nuestro sistema político, pero pasamos por alto un aspecto elemental: la calidad del sistema depende de la calidad del debate público, y este, a su vez, de las capacidades con las que contamos para participar en esa discusión.
Una vida pública menos dependiente de la figura del presidente facilitaría un debate más amplio y menos concentrado en devaneos tendenciosos o controversias desgastantes. La función pública se ejerce mejor con un perfil bajo.
Lo que tenemos hoy es una obra inconclusa, fragmentada y con tramos aún a cargo del Invías en los que se evidencia la pobre capacidad de gestión de la entidad pública. Ni siquiera las podas de la vegetación circundante parecen cumplirse a cabalidad: en las secciones que administra el Invías, parece que la manigua va a terminar de invadir el asfalto. Todo inmerso en un laberinto administrativo, que ha hecho imposible la entrega definitiva.
Las patrias no nacen solas, las levantan los discursos, los himnos, las armas y los símbolos. No es raro que, en su nombre, se pida obediencia o se niegue la voz a quienes no encajan en la idea dominante de lo que «somos». Me pregunto, por ejemplo, qué tienen en común un indígena del Cauca y un barranquillero, o un llanero y un wayuu.