Algunos gobiernos ya han decidido actuar con mayor determinación. En Australia, por ejemplo, varios estados han establecido políticas que obligan a los estudiantes a mantener sus teléfonos apagados durante toda la jornada escolar, mientras el país ha abierto además el debate sobre posibles restricciones al acceso de menores a redes sociales.
Burke veía con cautela los intentos de transformación súbita guiados por teorías demasiado seguras de sí mismas. Las sociedades, pensaba, son realidades complejas que rara vez responden bien a los experimentos políticos concebidos como si se tratara de empezar de nuevo.
Tal vez por eso conviene recordar lo que distintas tradiciones espirituales han repetido durante siglos. La vida no siempre mejora acumulando cosas extraordinarias, sino aprendiendo a reconocer el valor de lo que ya tenemos.
El liderazgo que desprecia la pausa y se refugia exclusivamente en la defensa termina configurando una forma de gobernar en la que la justificación permanente desplaza todo lo demás.
Pero apenas se guardan los disfraces y se silencian las orquestas, el calendario cambia de registro. El baile se apacigua, la maicena se barre y la ciudad recupera su rutina habitual. No es solo el final de una fiesta; se abre un periodo que contrasta con lo que acaba de ocurrir.
Conviene, entonces, bajarle un poco a la búsqueda de interpretaciones y mensajes, celebrar el espectáculo si se quiere, criticarlo si hace falta, pero sin exigirle más. La música no está obligada a derivar en programa político, ni los artistas en referentes morales de su tiempo.
Ese breve recorrido personal ayuda a entender algo central en la trayectoria de Miles Davis. Cambió de sonido, de formato y de músicos con una frecuencia poco común, pero nunca lo hizo a la ligera. Detrás hubo propósito y una disciplina rigurosa.
Revisar el pasado con rigor invita a evitar diagnósticos perezosos. Eso debería constituirse en una condición mínima para discutir con seriedad, y así evitar que el debate político se convierta en una sucesión de eslóganes llamativos que parecen responder únicamente a estrategias electorales.
Lo preocupante es que esa situación no parece responder a una dificultad técnica o presupuestal insalvable, sino a una indolencia compartida, que no distingue entre autoridades y contratistas, como si el problema dejara de existir por el solo hecho de ser provisional.
Vivimos tentados a opinar de inmediato, a indignarnos sin pausa y a cargar emocionalmente con problemas que exceden nuestra capacidad de acción. Eso no nos hace más conscientes ni más comprometidos, solo más vulnerables al desgaste.