En ese marco, es necesario pensar en “liberar las capacidades atrapadas del país”. Y permítanme proponer algunos temas: Dónde está la propuesta para lograr que los 2,5 millones de NINIS (jóvenes que ni estudian ni trabajan) se conviertan en SISIS (más capacidad para emprender o emplearse en el marco de la cuarta revolución industrial o los sectores con potencial productivo).
Lo preocupante es que con el nuevo decreto anti-técnico e indeseado de forzar a los fondos de pensiones a traer parte de las inversiones a Colombia, no solamente destruirán nuestro ahorro pensional y deteriorarán su rentabilidad, sino que forzarán una tasa de cambio falsa y aún más baja.
Lo que nadie mide, es que esta moñona alguien la tiene que pagar. Y son precisamente los afiliados al sistema de pensiones. Esto va a significar riesgos de liquidez y de mercado, que reducirán la rentabilidad de nuestro ahorro pensional (en una especie de un impuesto a nuestras pensiones).
La consecuencia es un país, que cada año retrocede en sofisticación productiva. Dada la nueva realidad demográfica, nuestra única y última oportunidad es aumentar la productividad.
Vuelve y eleva el costo de capital a las empresas con el impuesto al carbono, más carga socio-empresa, afectación a algunos sectores productivos con tasas de tributación de más del 50%, y castiga a los ciudadanos con impuesto a los combustibles (por ende, más costos de transporte y bienes en la economía) e IVA a las cuotas de administración, entre otras.
Colombia no puede resignarse a que la ilegalidad sea la norma. La seguridad no es de derecha, centro o izquierda: es la base del progreso, la inversión, la democracia y una paz duradera.
Ya estamos viendo una deuda en máximos históricos y la inversión pública se ha recortado, comprometiendo proyectos esenciales y restando capacidad de desarrollo. A la vez, sectores críticos como la salud y la seguridad se deterioran, afectados por recortes, decisiones ideológicas y mala política pública.
Colombia no se merece seguir atrapada en este círculo de violencia. El país que nos merecemos es uno decente, en paz, próspero, donde la vida y la dignidad sean sagradas.
Al final, cumplirle a la juventud con educación y ayudarles en su proyecto de vida, es mucho más que un indicador mal escogido, mal medido o erróneo. El futuro de nuestra educación superior se merece más que esto, y de ello poco se habla o hace.
La realidad económica desmiente la narrativa del presidente. El déficit fiscal se dispara, la deuda se encarece en más de un 40%, la regla fiscal fue “violada”, la inversión privada cae, y la economía no despega.