El cuarto eje apunta al corazón del atraso rural: la formalización de la propiedad. Abelardo propone un nuevo orden jurídico que permita otorgar títulos plenos a poseedores, ocupantes y propietarios sin registro, para que puedan acreditar dominio, acceder a crédito y entrar a la economía formal. Pero va más allá: ninguna tierra adjudicada puede entregarse “desnuda”.
Colombia necesita decisiones que unan y una dirigencia que actúe con responsabilidad. No se trata solo de evitar un daño mayor; se trata de impedir que la mala hora se convierta en un tiempo permanente.
El crédito agropecuario debería ser la gran palanca de transformación rural, el motor que impulse productividad, innovación y movilidad económica. Pero hoy opera al revés: se ha convertido en una maquinaria que reproduce desigualdades, castiga la innovación y mantiene a pequeños y medianos productores atrapados en una periferia financiera que ellos no crearon.
Estamos al borde del colapso productivo. Mientras otros países avanzan hacia agricultura de precisión, nosotros seguimos sembrando pobreza. Si no actuamos ya, el agro colombiano será irrelevante en el comercio mundial y la seguridad alimentaria quedará en manos de las importaciones. El tiempo se agotó.
El crédito no se otorga por condición social, étnica o ideológica, sino por la solidez del proyecto productivo y la capacidad de pago del solicitante. Convertir el crédito en un instrumento de inclusión simbólica, en lugar de desarrollo económico, es un error que compromete la sostenibilidad del sistema.
Fredy no es un caso aislado. Más de tres millones de agricultores y ganaderos enfrentan la misma realidad, según el último Censo Agropecuario. Este es, sin duda, uno de los mayores desafíos del próximo presidente.
Romper el ciclo es decidir cortar las cadenas que nos atan. Es dejar atrás cargas que no nos pertenecen y atrevernos a preguntar: ¿qué vida quiero construir? Para lograrlo, necesitamos valentía y honestidad: mirar nuestra historia sin miedo, quedarnos con lo que nos nutre y soltar lo que hiere.
Colombia se enfrenta a una decisión trascendental: continuar el experimento fallido del petrismo con Cepeda o apostar por un liderazgo disruptivo que promete orden y autoridad con Abelardo. Dos visiones, dos caminos. Uno nos acerca al modelo autoritario y empobrecedor que hundió a Venezuela; el otro apuesta por seguridad, eficiencia y desarrollo.
No desmerezco a figuras como Sergio Fajardo o Juan Carlos Pinzón; son candidatos serios, con propuestas respetables. Pero si en la contienda hay un costeño con igual preparación, liderazgo y visión, nuestra obligación moral y estratégica es respaldarlo sin titubeos. Es hora de aprender de los paisas: ellos se apoyan, se proyectan y defienden a sus líderes con convicción.
El 2025 evidencia que la política agropecuaria carece de enfoque estructural. El 2026 debe ser el año de la productividad, la transparencia y la innovación tecnológica en el agro. Sin estas acciones, el campo seguirá siendo el eslabón más vulnerable de la economía nacional.