Altillanura: donde el próximo presidente debe poner el acelerador
La Altillanura no necesita discursos; necesita decisiones. Y, sobre todo, liderazgo para convertir su enorme potencial en una realidad productiva que beneficie a todo el país.

La Altillanura no necesita discursos; necesita decisiones. Y, sobre todo, liderazgo para convertir su enorme potencial en una realidad productiva que beneficie a todo el país.
Transportar insumos, maquinaria, equipos y luego sacar la cosecha es otro capítulo de esta odisea. En invierno todo debe moverse por el río Meta; en verano, por una trocha de más de 500 kilómetros entre Puerto Gaitán y Puerto Carreño. Ambas vías, en un estado deplorable y abandonadas por el Gobierno, encarecen y vuelven incierta cualquier operación agrícola o industrial.
Mientras Colombia sigue enfocado en exportar sacos, el mundo sofisticado del café se concentra en capturar valor. Hoy ya no competimos contra otros productores; competimos contra la imaginación y el músculo industrial de quienes transforman nuestro propio café como Starbucks o JDE Peet’s / Jacobs Douwe Egberts.
Pero detrás del Carnaval también hay historias que merecen ser contadas. Una de las más conmovedoras es la de la comparsa “Salón Burrero Pa’ la Calle”, integrada por cerca de 80 ex habitantes de calle y considerada por muchos como la más querida del público. Su origen demuestra que la inclusión también puede desfilar.
El cuarto eje apunta al corazón del atraso rural: la formalización de la propiedad. Abelardo propone un nuevo orden jurídico que permita otorgar títulos plenos a poseedores, ocupantes y propietarios sin registro, para que puedan acreditar dominio, acceder a crédito y entrar a la economía formal. Pero va más allá: ninguna tierra adjudicada puede entregarse “desnuda”.
Colombia necesita decisiones que unan y una dirigencia que actúe con responsabilidad. No se trata solo de evitar un daño mayor; se trata de impedir que la mala hora se convierta en un tiempo permanente.
El crédito agropecuario debería ser la gran palanca de transformación rural, el motor que impulse productividad, innovación y movilidad económica. Pero hoy opera al revés: se ha convertido en una maquinaria que reproduce desigualdades, castiga la innovación y mantiene a pequeños y medianos productores atrapados en una periferia financiera que ellos no crearon.
Estamos al borde del colapso productivo. Mientras otros países avanzan hacia agricultura de precisión, nosotros seguimos sembrando pobreza. Si no actuamos ya, el agro colombiano será irrelevante en el comercio mundial y la seguridad alimentaria quedará en manos de las importaciones. El tiempo se agotó.
El crédito no se otorga por condición social, étnica o ideológica, sino por la solidez del proyecto productivo y la capacidad de pago del solicitante. Convertir el crédito en un instrumento de inclusión simbólica, en lugar de desarrollo económico, es un error que compromete la sostenibilidad del sistema.
Fredy no es un caso aislado. Más de tres millones de agricultores y ganaderos enfrentan la misma realidad, según el último Censo Agropecuario. Este es, sin duda, uno de los mayores desafíos del próximo presidente.