Estamos al borde del colapso productivo. Mientras otros países avanzan hacia agricultura de precisión, nosotros seguimos sembrando pobreza. Si no actuamos ya, el agro colombiano será irrelevante en el comercio mundial y la seguridad alimentaria quedará en manos de las importaciones. El tiempo se agotó.
El crédito no se otorga por condición social, étnica o ideológica, sino por la solidez del proyecto productivo y la capacidad de pago del solicitante. Convertir el crédito en un instrumento de inclusión simbólica, en lugar de desarrollo económico, es un error que compromete la sostenibilidad del sistema.
Fredy no es un caso aislado. Más de tres millones de agricultores y ganaderos enfrentan la misma realidad, según el último Censo Agropecuario. Este es, sin duda, uno de los mayores desafíos del próximo presidente.
Romper el ciclo es decidir cortar las cadenas que nos atan. Es dejar atrás cargas que no nos pertenecen y atrevernos a preguntar: ¿qué vida quiero construir? Para lograrlo, necesitamos valentía y honestidad: mirar nuestra historia sin miedo, quedarnos con lo que nos nutre y soltar lo que hiere.
Colombia se enfrenta a una decisión trascendental: continuar el experimento fallido del petrismo con Cepeda o apostar por un liderazgo disruptivo que promete orden y autoridad con Abelardo. Dos visiones, dos caminos. Uno nos acerca al modelo autoritario y empobrecedor que hundió a Venezuela; el otro apuesta por seguridad, eficiencia y desarrollo.
No desmerezco a figuras como Sergio Fajardo o Juan Carlos Pinzón; son candidatos serios, con propuestas respetables. Pero si en la contienda hay un costeño con igual preparación, liderazgo y visión, nuestra obligación moral y estratégica es respaldarlo sin titubeos. Es hora de aprender de los paisas: ellos se apoyan, se proyectan y defienden a sus líderes con convicción.
El 2025 evidencia que la política agropecuaria carece de enfoque estructural. El 2026 debe ser el año de la productividad, la transparencia y la innovación tecnológica en el agro. Sin estas acciones, el campo seguirá siendo el eslabón más vulnerable de la economía nacional.
El gobierno debe entender que la bancarización rural va más allá de una cuenta de ahorros para recibir una mesada pensional o un subsidio del Estado. La inclusión financiera tampoco debe percibirse como el aumento en la cobertura de microcréditos, si estos han sido otorgados a una tasa de interés del 45% anual.
La ciudadanía percibe al Congreso como un club de privilegios y no como una institución democrática. El poder prolongado genera riesgos. Cuando alguien permanece demasiado tiempo en el mismo cargo, se crean redes intrincadas de controlar, y eso abre la puerta al clientelismo y la corrupción.
Ha llegado el momento de que los colombianos castiguemos con el voto a los burócratas que solo buscan cuotas de poder y privilegios personales.