Lo primero es entender que no todo se resuelve con fuerza, pero tampoco todo se puede negociar. El Estado tiene que recuperar control en las zonas donde el daño ambiental o la ilegalidad son evidentes, pero al mismo tiempo tiene que abrir caminos reales para integrar a quienes sí tienen vocación de formalidad.
Si Colombia quiere tomarse en serio la transición energética, el próximo presidente tendrá que plantear una política minero-energética distinta y aquí le doy unas ideas.
Colombia ha sido históricamente un país poco industrializado y la actividad minera nunca ha tenido valor agregado, hemos extraído minerales para vender minerales. No hemos pensado en refinarlos y transformarlos.
El carbón no es el destino final, pero, tampoco es el enemigo real del desarrollo, Es un instrumento, eso diferencia la realidad del desarrollo Chino y la falta de oportunidades de la moralidad nuestra.
Quiero hacer una aclaración, no soy negacionista del cambio climático (porque cuando uno habla de estos temas lo primero que hace el radicalismo es tildarte de algo para quitar credibilidad), soy geólogo, conozco la evolución geológica de nuestro planeta, imposible negar la variabilidad climática que ha vivido, vive y seguirá viviendo nuestro planeta.
Hoy la gente es más consciente de que no puede haber transición energética sin minerales y obviamente sin minería, pues los equipos usados para la generación de la energía la solar, eólica, geotérmica, etc., depende de la extracción de minerales, su refinación y su transformación.
La productividad en Colombia está por el suelo y no tiene un sector industrial robusto por eso este salario mínimo es insostenible y nos conducirá a aumentar la informalidad que ya es más del 60% de los trabajadores.
Ahora sí se entiende por qué los sindicatos del carbón siguen apoyando a un Gobierno que trabaja activamente para acabar con esta industria. El pliego deja claro que ya no están defendiendo la continuidad del empleo ni la viabilidad del sector, sino negociando su liquidación.
Colombia necesita una política ambiental coherente: misma exigencia para todos los sectores productivos, priorización de la formalidad, trazabilidad pública de impactos, ejecución de compensaciones verificables y un compromiso de transición que tenga sustento financiero y material.
Así que no, no estamos cerca de dejar atrás los combustibles fósiles. Estamos electrificando una parte del sistema, sí, pero el resto —el más pesado, el más material, el más difícil— sigue anclado al petróleo, al gas y en algunos países al carbón y no por capricho.