Por eso, cuando identifico ese tipo de diálogo en mí, procuro detenerme. Hago una pausa consciente y trato de observar lo que estoy pensando. Me pregunto si lo que me estoy diciendo es lógico, real, racional y, sobre todo, si me ayuda a crecer o simplemente me desgasta.
La Resurrección es una invitación a la esperanza, pero no a una esperanza mágica, sino a la que se construye desde el amor, la responsabilidad, la fidelidad a los valores y la acción.
La vida de los demás también va cambiando y requieren encontrarse con nuestra empatía y no con nuestra indiferencia o rigidez que los juzgan. No vivimos solos y nuestros esquemas influyen en los otros y por eso tenemos que cambiar.
No soy un ser de luz; soy un hombre que intenta amar bien mientras aprende. Quiero vivir mi hoy con la intensidad que produjo ese video, para gozar en la memoria lo que he vivido.
Dios no está en la vida para estrellarnos contra nuestros defectos y limitaciones; ellas se imponen en nuestra cotidianidad sin reflexión.
Hoy saldré a votar en libertad y con responsabilidad. Es un acto privado y público. Privado, porque no tengo que informar a otro cuál es mi elección; y público, porque sé que mi decisión tendrá algún efecto sobre los demás.
La invitación cristiana es a no dejar que el odio dicte tus respuestas. No permitir que el mal defina tu estilo. Batallar sin perder la humanidad. Luchar por la justicia desde el amor.
Es un tiempo para mirar hacia adentro. Reconocer nuestra finitud, nuestra condición contingente y necesitada, y lo bueno que hay en nosotros.
No puedo sucumbir a la nostalgia ni quedarme atrapado en el ayer, pero tampoco puedo dejar que la ansiedad del mañana me lleve a actuar de manera equivocada. Es necesario descubrir el valor de cada momento. No sé qué vendrá, pero sé quién soy: y eso me basta para caminar.
Vuelvo a orar porque creo en el poder de Dios y sé que actúa en las habilidades que Él, a través de la genética, de la crianza y de la formación, me dio.