La única posibilidad de que la muerte tenga sentido es que la vida lo tenga. Eso significa que tengo que dedicarme a vivir, a disfrutar, a celebrar, a exprimir los momentos que tengo con los míos, a explayarme en los instantes de placer sin ninguna culpa, a juntarme con los que amo y con quienes comparto las mismas anécdotas de siempre.
Al iniciar este nuevo año tenemos que entender que no podemos construir nuestro proyecto de vida desde la creencia de que la fortaleza es no necesitar a nadie, porque ello termina volviéndose soledad, y para ser felices necesitamos establecer conexiones profundas y honestas, en las que reconozcamos la necesidad que tenemos de los demás.
Me impresiona la rapidez del tiempo. Me cuestiona cómo todo se vuelve recuerdo rápidamente. Tengo miedo de que la vida se escape como agua entre los dedos. Este año he tenido el convencimiento de que la única manera de tener otra relación con el tiempo es actuar con mayor lentitud.
Tenemos que ser los humanos que viven en el reguero que sus miedos ocasionan, en las fragilidades de decisiones urgentes que no dan seguridad, en las relaciones complejas y ambiguas que sostenemos con otros. Ahí es donde acontece navidad.
No permitamos que la alegría de este tiempo se quede en las luces, los abrazos, el espectáculo y los símbolos. Dejemos que esa alegría ayude a sanar las heridas más profundas que tenemos y nos lleve a reconstruir relaciones respetuosas, sanas y funcionales, buscando siempre generar espacios de dignidad en los que todos nos podamos realizar.
Creo que esta recta final del año es un buen tiempo para ser vivido en clave de espiritualidad. Asumir que este mes es el último del año se vuelve una ocasión para Agradecer, Evaluar y Planear en función de nuestro plan de mejoramiento personal.
Tengamos claro que encender una luz esta noche es dar gracias por todo lo vivido, por todo lo que tenemos. Encender una vela es presentarle nuestras necesidades al Dios de la vida para que él actúe con poder en nuestra existencia, es abrir nuestro corazón y dejarnos iluminar por Jesús, que es la luz del mundo.
Transformar no es destruir lo anterior, es darle un nuevo sentido, es conectar conocimiento con acción y teoría con vida. Es enseñar a cuidar la casa común, a construir paz y justicia desde cada aula, cada pantalla, cada conversación.
Estos días he estado pensando en el sufrimiento que causa la discriminación, en las oportunidades que a diario le son negadas a las personas con discapacidad, y en la necesidad de vencer esa mirada estrecha y apática que nos impide notar el enorme fracaso que significa no estar preparados para responder a la diversidad.
Una de las cosas que me emocionan de volver al Caribe es tener partidas de dominó. Tropezándome con esos corazones abiertos que tanto me interesan, entiendo que la vida vale la pena.