Estados Unidos se convirtió ayer en foco de la pandemia de coronavirus tras reportar la cifra de 2.000 personas fallecidas en las últimas 24 horas, lo que eleva a 20.071 los decesos, la cifra más alta por encima de Italia (con 19.468) desde que se desató el virus.
Allí, donde además 520.000 ciudadanos de los 50 estados de la nación están contagiados, de acuerdo con la Universidad de Johns Hopkins, la ciudad más afectada sigue siendo Nueva York, que reporta 8.000 muertes.
La agencia EFE reportó que Estados Unidos cuenta por ahora con uno de cada tres infectados y un 20 % de los fallecidos en todo el mundo, de acuerdo con la última actualización de datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), que situó la cifra global de contagios en 1,61 millones y las muertes en alrededor de 100.000.
En cambio las curvas de incidencia de la pandemia muestran estabilización en Europa y Asia, donde surgió el brote, pero no en América, donde la epidemia sigue una tendencia ascendente, de acuerdo con la OMS.
EL HERALDO entrevistó a cuatro barranquilleros residentes en Estados Unidos para conocer cómo están viviendo la pandemia en ese país que tuvo que acudir a fosas comunes para sepultar a sus víctimas.
'Tú no sabes si vas a salir vivo del hospital'
Abel Guerrero Aguilar, barranquillero de 47 años, está acostumbrado a enfrentar a ladrones, peleas, balaceras y otras emergencias comunes en su oficio de policía en Nueva York; pero no a luchar contra un enemigo invisible y letal como el coronavirus.
Desde que esta pandemia empezó a golpear a la Gran Manzana, que ayer sábado reportaba 8.627 personas fallecidas y más de 160.000 contagiadas, Guerrero fue asignado en la vigilancia de hospitales.
En esta función le corresponde vigilar a las 300 personas que en promedio diario acuden a cada hospital a practicarse la prueba de COVID-19. Una tarea muy complicada, teniendo en cuenta que 'aún no hay mucha conciencia de guardar la distancia entre personas, o de no salir a la calle, a no ser que sea estrictamente necesario', manifiesta.
'Cuando veo a una señora comprar cebolla en un supermercado, porque solo van a comprar eso, me pregunto: ¿será que mañana podrá levantarse? Y si les llamamos la atención, cualquiera saca el celular, te graba y comparte el video. Cuando lo que queremos es que la gente no salga a la calle', dice. Guerrero Aguilar, de 47 años, llegó a Nueva York a la edad de 5, y cumple 17 en la Policía. Critica a la gente que acude a los hospitales a practicarse el examen con síntomas leves. 'A veces van porque tienen tos. Y resulta que sufren de riñón o de presión alta. Y entonces terminan infectados porque el virus está allá adentro. Uno no sabe entonces si vas a salir vivo del hospital', añade. También cuenta que en Queens, epicentro de la emergencia y donde él reside, empezaron a escasear los guantes, los tapabocas y otros elementos de protección. 'Yo llevo dos días con la misma mascarilla. Y mientras tanto, el presidente Trump anuncia que ya mandaron ayuda para todas las ciudades, pero los que estamos afrontando el coronavirus sabemos que no es así'.
'Ya nada será igual en EEUU'
La muestra más palpable de la tragedia que vive Miami por causa de la pandemia del coronavirus, es la soledad que vive la emblemática Calle Ocho.
Considerada el corazón de la rumba de la ciudad turística por excelencia de Estados Unidos, en la popular avenida 'asustan', afirma con desparpajo el comunicador social barranquillero Ramón Mosquera, quien reside allí hace nueve años.
Asegura que es 'muy triste' pasar por este sector y ver todos los negocios cerrados.
'Están sufriendo por las medidas que el Gobierno tuvo que adoptar por la pandemia, realmente viven una situación difícil' .
Mosquera, egresado de la Universidad Autónoma del Caribe, lleva además varios años participando con otros coterráneos en el Carnaval de Miami y en el Festival de la Calle Ocho.
'La Calle Ocho es el sitio más visitado en Miami, acá la rumba y la buena comida no paran. Hoy los comercios tratan de sobrevivir, solo hay domicilios', añade en entrevista para EL HERALDO.
'En mi caso particular recibo un mercado cada ocho días gracias a un seguro privado. Sin embargo, tengo amigos que tienen que salir a hacer largas filas para recibir alimentos. Nunca pensé que Estados Unidos resultara tan golpeada por este enemigo invisible y silencioso', dice.
No obstante, reconoce que teniendo en cuenta que la tragedia golpea con más fuerza a Norteamérica, es necesario cumplir con el aislamiento.
'Llevamos tres semanas completamente encerrados en nuestras casas, solo salimos a hacer los trámites necesarios, pero sí recomiendo que permanezcamos bajo llave'.
Cita además que ha visto imágenes de Barranquilla en las que muchos ciudadanos se niegan a cumplir la cuarentena.
'Esto no es un juego señores, miren cómo nos ha golpeado en Estados Unidos. La medicina más efectiva es quedarse en casa y lavarse permanentemente las manos. Nada tenemos que hacer afuera. Y como dice el alcalde Jaime Pumarejo, dejen de mamar gallo', sostiene el periodista criado en el tradicional barrio Modelo.
'Mi esposa, mi bebé y yo tuvimos COVID-19'
El día que el cirujano cardiovascular Rafael Bustamante Tapiero cumplió las tres semanas de aislamiento tras salir positivo de coronavirus, afirma que conoció el verdadero significado de la libertad.
Este barranquillero de 38 años, que vivió su infancia en el barrio Hipódromo de Soledad, narra que el virus le provocó fiebre alta, dolores intensos en el cuerpo y problemas respiratorios.
'No daba para levantarme ni caminar, mi esposa, quien también dio positivo, era quien le suministraba alimentos a nuestra hija de 2 años, a la que solo le dio fiebre. A ella no la sometimos al examen de COVID-19 por lo incómodo que resulta', narra desde su casa en el condado de Broward-Las Olas, cerca de Miami.
Casado con la ucraniana Khrystyna Splavnyk, Bustamante asegura que durante su periodo de recuperación le aplicaron la vacuna contra la malaria que el presidente Trump promueve en esta devastadora emergencia sanitaria. Sin embargo, él le tiene poca confianza a los efectos del medicamento.
El especialista trabaja para el hospital de Broward y asegura que Estados Unidos no estaba preparado para enfrentar esta emergencia. 'Nueva York parece una ciudad en guerra, porque no hay máquinas de ventilación ni otros equipos necesarios para atender a tantos enfermos'.
Ahora que retornó a su trabajo lo hace de nuevo protegido de la cabeza a los pies. 'Voy con mi máscara para atender a pacientes con tuberculosis, guantes, tapabocas, vestido antifluido, pero nada te garantiza que no te vas a contagiar', asegura, tras recordar que él pudo infectarse en un viaje a Nueva Jersey. 'Lo mejor es quedarse en casa', recomienda el profesional.
'En Nueva York todos estamos en riesgo'
Queens, el distrito de Nueva York densamente poblado de inmigrantes, registró más de 7.000 casos de coronavirus durante las dos primeras semanas de la pandemia.
Allí, en el epicentro del brote, reside y trabaja la barranquillera Johanna Vanegas Ospina, enfermera graduada en la Universidad del Norte.
La profesional emigró en el 2015 con sus padres, Édgar Vanegas y Yadira Ospina. Ahora, junto a su esposo Melvin Ferreira, sostienen económicamente el hogar desde que empezó la emergencia.
'Mi papá trabaja en un restaurante que cerraron por la crisis del COVID-19. Y mi madre está con una familia americana, pero en estos momentos no salen. Solo salimos yo y mi esposo, cuando lo llaman de la empresa de limpieza a la que está vinculado'.
Dice que la familia respeta al máximo el aislamiento. 'Vivimos en Astoria, y antes de salir a trabajar siempre pregunto qué hace falta, pero mis papás no salen. Además, tenemos una bebé de 15 meses'.
Para Johanna, quien es la encargada de tomar muestras de sangre y enviarlas al laboratorio en la Clínica del Sol (estatal) ubicada en Corona, uno de los sectores con el mayor número de contagiados, sabe que salir a la calle es el primer peligro.
'Todos estamos en riesgo, pues tú no sabes quién está enfermo. En la empresa me dan todos los elementos de protección, pero el virus está en la calle. Muchos de sus compañeros, hispanos y asiáticos, se han infectado'. Cifras oficiales dan cuenta que el 30% de las personas fallecidas en Nueva York por coronavirus son de origen hispano.
Para Johanna una de las causas es la prevalencia de enfermedades que aumentan el riesgo de contagio como la diabetes, hipertensión, obesidad y asma, entre otras.
A ello se suma que una buena parte de la población hispana y de otras nacionalidades aún no son legales en Estados Unidos. 'Pueden enfermarse, pero les da miedo acudir al médico y que los capturen y devuelvan. O porque no tienen acceso a un sistema de salud. Por eso son los más vulnerables', sostiene.





















