El dolor recorre mi cuerpo. La respiración es suave y lenta. Los sonidos de la habitación son tenues. Estoy incomodo, mis ideas revoletean con intensidad. Anclo mi pensamiento en unos versos bíblicos que me encantan:

“Bendice, alma mía, a Yahvé, el fondo de mi ser, a su santo nombre. Bendice, alma mía, a Yahvé, nunca olvides sus beneficios. Él, que tus culpas perdona, que cura todas tus dolencias, rescata tu vida de la fosa, te corona de amor y ternura, satura de bienes tu existencia, y tu juventud se renueva como la del águila” (Salmo 103,1-5).

Me gusta repetirlo despacio, sintiendo cada palabra, y lo hago con fe porque es una alabanza individual que me provoca emociones de bienestar. Me apropio de las palabras del poeta orante que habla desde lo profundo de su corazón al Dios de la vida. Ahí, en su interior, hay una lucha entre el olvido y la memoria. El dolor presente puede hacerle perder de vista todos los beneficios continuos de Dios en su vida. Por eso habla desde el fondo de su ser. En hebreo no se trata solo del alma como algo espiritual separado del cuerpo, se refiere a toda la persona —emociones, memoria, cuerpo, historia y deseo—, la que le habla a Dios desde la situación en la que está. Soy todo yo el que reza con esos versos.

Rumio con detenimiento los beneficios que Dios concede constantemente en mi vida: perdona mis culpas y cura todas mis dolencias. Su acción no se queda en lo moral, sino que abarca todas las dimensiones de mi ser. La culpa, el sufrimiento, el miedo y la fragilidad aparecen entrelazados en lo que soy. Soy débil y frágil, herido y necesitado de sanación.

Un miedo constante que tenemos cuando nos sentimos enfermos o abatidos es el hundimiento existencial total. El salmista usa la imagen de la “fosa” para expresar el peligro extremo: enfermedad, muerte, desesperación o sensación de pérdida total. El hombre que ora reconoce que ha estado cerca de esa situación y que Dios lo ha levantado. Ese testimonio es el que me hace recitar con fe, y desde mi vulnerabilidad, ese verso.

Lo que espero de Dios es su amor y ternura. No busco poder ni riquezas. Busco sentirme lleno de su misericordia. Porque la verdadera dignidad nace del amor recibido. Incluso la salud es consecuencia de esa certeza de que somos valiosos.

El dolor no pasa rápidamente, pero la paz se asienta en mi corazón como una certeza de que, pase lo que pase, estaré bien. Busco dormir con serenidad para descansar y recuperar las fuerzas que necesito para seguir adelante en cada una de las acciones del día de mañana. Yahvé está conmigo, me acompaña y me bendice. Eso basta.

@Plinero