Después de la alegría y el jolgorio del carnaval, de las comparsas, la mamadera de gallo y la tomadera de ron, no queda otra que acompañar a Josélito en su cortejo fúnebre y, el miércoles de ceniza, madrugar a ponernos la Santa Cruz en la frente para borrar los desmanes de los días anteriores. Es el inicio de la cuaresma, un tiempo de recogimiento y reflexión previa a la llegada de la Semana Mayor, evento trascendental para los cristianos y católicos que, en Colombia, seguimos siendo mayoría. La tradición invita a mirar hacia adentro, a hacer silencio y a reconocer los excesos. La fiesta termina y llega la conciencia. Entre la música, la risa y el desorden, muchos sienten que la oración puede equilibrar la balanza moral de lo vivido, como si pecar y rezar fuera suficiente para empatar con la vida y con Dios. Pero el 2026 no es un año cualquiera. Tendremos elecciones de Senado, Cámara y Presidencia de la República, con actos previos como consultas entre partidos y la posible primera y segunda vuelta. Un escenario en el que la fe y la política parecen cruzarse, aunque no siempre con la misma sinceridad. Para la gente común, pecar y rezar puede dar cierta tranquilidad espiritual; sin embargo, creo que los políticos no la tienen tan fácil. Parte del verdadero beneficio del arrepentimiento es rezar y no volver a pecar, para obtener ese “empate” que se traduce en perdón y en la posibilidad de redención. No basta con el gesto externo ni con la pose devota. El problema es que quienes al arte de la política se dedican, muchas veces, terminan entregando su alma al poder, y no hay rezo que logre tal empate cuando la intención es manipular. La política dejó de ser el arte de gobernar para convertirse, en demasiados casos, en politiquería: el arte de seducir, confundir y, en ocasiones, robar la confianza pública. El discurso moral aparece en campaña, pero se diluye en el ejercicio del poder. Se invoca a Dios, se habla de valores y se promete transparencia, mientras la realidad demuestra que el arrepentimiento sin cambio es solo estrategia. Y así, entre promesas y cálculos, la fe se vuelve instrumento y no convicción. Sigamos disfrutando de este último día de carnaval, porque mañana el país madruga a rezar e intentar empatar. Pero si estás en campaña política, no te esfuerces demasiado en aparentar devoción: toda regla tiene su explicación y la historia demuestra que a los políticos no los salva ni el Vaticano con todo su poder si no hay coherencia entre lo que dicen, lo que hacen y lo que deciden. @oscarborjasant